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  • Desde que comenzó el éxodo de venezolanos a Colombia, los pasos que antes eran utilizados para contrabandear entre ambos países se empezaron a llenar de migrantes que cruzan ilegalmente con otros motivos. Ahora, al día unos 1.200 pasan por ellos, así les cueste la vida.

    Después del 19 de agosto de 2015, cuando el gobierno venezolano cerró la frontera con Colombia y el concepto de libre movilidad entre ambos países dejó de existir, la grave situación humanitaria en ese país obligó a sus habitantes a contemplar salidas del territorio menos ortodoxas para conseguir víveres, trabajar del lado colombiano o, en últimas, huir de Venezuela.

    Norte de Santander fue el epicentro de esta situación.

    Un equipo de SEMANA accedió a un paso ilegal a menos de un kilómetro del puente internacional Simón Bolívar (en Villa del Rosario), donde el día anterior había ocurrido una balacera entre hombres armados provenientes del lado venezolano del río Táchira y miembros del Grupo de Operaciones Especiales (GOES) de la Policía colombiana.

    El panorama no es alentador: lo que pasa dentro y antes de las trochas es un drama humano que, de momento, parece fuera de control.

    Esto fue lo que SEMANA encontró:

    Desde el puente internacional Simón Bolívar, por donde cruzan legalmente los migrantes, las trochas son imperceptibles. A las 5 de la mañana -hora colombiana- el puente abre sus puertas y colombianos y venezolanos comienzan a pasar.

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    No obstante, una vez abajo, entre la vegetación que rodea la estructura, comienzan a aflorar los primeros rastros de que algo ocurre entre los pastizales que bordean el río.

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    A unos 800 metros del puente en sentido norte, caminando sobre la orilla del río, policías y militares comienzan a aparecer. Detrás de ellos, personas que cargan equipaje salen de los arbustos, cruzan el camino y se esconden de nuevo en la maleza.

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    La moto pasa y los migrantes avanzan.

    Sobre la orilla, distribuidos sobre los pasos ilegales que hasta el momento se han identificado, hay policías y militares con la mirada fija hacia el otro lado del río. Pertenecen a la Brigada 30 del Ejército y al Grupo de Operaciones Especiales de la Policía (GOES).

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    Solo hacen falta unos minutos en silencio y afinar la mirada para percatarse de que en el lado venezolano hay personas. En su mayoría, hombres.

    Están ahí, a escasos 20 metros de la fuerza pública colombiana. Parecen migrantes esperando un descuido para cruzar. No obstante, la prevención con que los oficiales del GOES reaccionan a su presencia llama la atención: “Tenga cuidado, que en cualquier momento sale un tiro de ahí”.

    En ese mismo punto, el día anterior (31 de agosto de 2018) hacia las 5:15 de la tarde se desató una balacera que se oyó en toda La Parada -el barrio del municipio de Villa del Rosario en el que desembocan los migrantes legales e ilegales que vienen desde Venezuela- y que implicó el despliegue de la Policía en la zona.

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    Durante 10 minutos se escucharon ráfagas de fusil en intervalos de 30 y 40 segundos. Provenían de aquí:

    VER LA UBICACIÓN: La balacera

    La Policía metropolitana de Cúcuta dice que lo que pasó esa tarde es un intento más de los actores armados ilegales que están del otro lado -y que les cobran a los migrantes por cruzar el río- de controlar el territorio y mantener vivo el negocio. Se dice que cobran entre 15 y 20 mil pesos colombianos por migrante y que ese pago solo les garantiza un cruce. De ahí que muchos de ellos queden atrapados en las trochas del lado colombiano intentando pasar a como dé lugar.

    Estas imágenes tomadas desde el lado colombiano del río -en dirección al paso ilegal del que salieron los hombres que dispararon contra los policías colombianos el 31 de agosto- y el testimonio de un migrante que había cruzado la trocha el día anterior, confirman que del lado venezolano sí hay actores armados ilegales.

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    La extorsión, sin embargo, comienza mucho antes.

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    Una vez pagan, los migrantes esperan a que los ‘trocheros’ (coyotes que pueden ser colombianos o venezolanos) les digan cuándo cruzar y al menor descuido de los policías y militares colombianos, entran al agua.

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    A menos de un kilómetro, sobre el puente internacional Simón Bolívar, se alcanzan a ver los migrantes legales entrando a salvo a Colombia. Los del río van por la mitad del camino: aún les falta la trocha.

    VER LA UBICACIÓN: La paradoja

    Las trochas no son caminos demarcados; los mismos migrantes las van abriendo a su paso. Son laberínticas, llenas de charcos, complejas. En cuestión de segundos cualquiera puede perderse. El sigilo vale oro.

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    Quienes se atreven a cruzarlas lo hacen, principalmente, por dos razones: porque están desesperados por irse de Venezuela y no tienen la documentación necesaria para pasar por el puente (Permiso Especial de Permanencia, Tarjeta de Movilidad Fronteriza, pasaporte, cédula, o Tarjeta Andina, según el destino y el motivo del viaje), o porque su trabajo lo requiere: venden frutas, artesanías o chatarra en Colombia para traer de vuelta los víveres que no consiguen en su país, y la única manera de transportar la mercancía es a través de los pasos ilegales. Otros, simplemente recurren a ellas para evitar la fila que usualmente se hace en el puente.

    Los hombres y mujeres que cargan hierro usan estos pasos ilegales a diario. En La Parada les pagan 480 pesos colombianos por el kilo de este metal y hay días en que atraviesan el río hasta 40 veces para llevar los productos que ahora son incomprables en Venezuela: harina, arroz, pasta, aceite, huevos y azúcar.

    En la maleza cualquier ruido es sinónimo de migrantes.

    Las mujeres cargan rines y kilos de chatarra a la par de los hombres. “A una compañera se le salió la matriz de tanta fuerza que hizo”, contaron estas dos chicas.

    Incluso hay embarazadas que prefieren correr el riesgo que implica la trocha, a dar a luz en un país donde los hospitales están desprovistos de la mayoría de medicamentos y equipos necesarios para que sus hijos nazcan bien.

    En últimas, la razón por la que todos se someten a la trocha es una misma: hambre.

    ¿Por qué simplemente no pueden cruzar?

    Sin embargo, en la mente de los policías y militares que se enfrentan a diario con los migrantes ilegales siempre ronda este dilema:



    A pesar de la presencia de la fuerza pública, las condiciones topográficas y la masividad del flujo migratorio ilegal sobrepasan la capacidad de las autoridades colombianas de controlar los 143 kilómetros que mide la frontera con Venezuela en el área metropolitana de Cúcuta.

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    Los migrantes no dejan de pasar. Se escabullen fácilmente. Y cuando salen victoriosos de la trocha, atraviesan varios potreros que conducen al casco urbano de La Parada, el lugar donde podrán camuflarse entre los que cruzaron legalmente.

    VER LA UBICACIÓN: A cielo abierto

    Cuando llegan a la calle, los migrantes que cruzan para trabajar se dispersan rápidamente. Mientras tanto, los que huyen de Venezuela van hacia la carretera y comienzan la que han denominado ‘la marcha de la infamia’: 1.418 kilómetros a pie hasta Ecuador. VER LA UBICACIÓN: El momento decisivo

    Créditos

    Texto:
    Laura Campos Encinales
    Fotografías:
    Esteban Vega La-Rotta
    Videos:
    Esteban Vega La-Rotta y Laura Campos Encinales
    Edición de video:
    Cristian Leguizamón
    Editor multimedia:
    Jóse Barrera
    Diseño UX/UI:
    Fernanda Cifuentes
    Front End:
    Álvaro Martínez
    Octubre 5 de 2018