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Dimar: el crimen al que quisieron
echarle tierra

Dimar Torres: El crimen de un desmovilizado

Dimar:
el crimen al que quisieron echarle tierra

Crónica e investigación: José Guarnizo

Ilustraciones: Angélica María Penagos

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La historia no contada de la ejecución extrajudicial de Dimar Torres, un desmovilizado que le apostó al proceso de paz. Un cabo del Ejército cavó una fosa para esconder el cuerpo. Al ministro de Defensa le radicaron una moción de censura por la forma en que manejó la información del homicidio.

Seis disparos. Pudieron haber sido cinco, no hubo tiempo de contarlos. El número exacto se sabría mucho después. El caso fue que las balas estallaron por el cielo de Carrizal. Y un muchacho que venía para la vereda Campo Alegre los escuchó. El joven también dijo haber visto a Dimar estacionado en su moto en medio de la carretera minutos antes de los estruendos. Un militar lo estaba requisando. Dimar tenía cara de tristeza, como pálido estaba.

A las siete de la noche del 22 de abril de 2019, unos 30 campesinos de esta vereda de Convención, Norte de Santander, decidieron desafiar los peligros de la selva oscura y emprendieron camino hacia Carrizal, muy cerca de donde está ubicada la base Sinaí del Ejército, allá mismo donde se escucharon los disparos. Entre los labriegos había mujeres, niños y hombres con linternas.

Se metieron maraña adentro intentando dar con el paradero del paisano Dimar Torres Arévalo. Los campesinos estaban asustados e indignados. Dimar, a sus 39 años, era un hombre muy querido en Campo Alegre. Si el Ejército lo tenía retenido, la idea era abogar por su situación e impedir que le hicieran daño.

En fila india los campesinos avanzaron por entre los matorrales, hasta que se encontraron de frente con el cabo segundo del Ejército Daniel Eduardo Gómez Robledo, que les salió al paso en medio de la oscuridad. Estaba acompañado de un soldado que lucía sudoroso y agotado. En ese momento se produjo una discusión tensa que quedó grabada en el celular de uno de los campesinos.

—¡Nosotros sabemos que lo tienen aquí! Porque al momento en que iba pasando, ustedes lo pararon—se escucha que dice alguien de la comunidad. Otro de los muchachos de Campo Alegre murmura desde atrás:

—A Dimar lo mataron ellos —dice señalando a los militares—. Hasta ahí, sin embargo, todo son conjeturas, sospechas, corazonadas, miedo.

Es en ese instante en que aparece por primera vez en las imágenes el cabo Gómez Robledo, que parece perturbado por la situación. Sabe que tiene en frente a más de 30 campesinos dispuestos a saber la verdad. Sabe, según se conocería después, que está a punto de ser descubierto. Los vecinos de Dimar quieren entrar por su cuenta para buscar a su amigo. Pero el cabo y el otro soldado no identificado se siguen interponiendo.

—Nosotros no lo tenemos retenido, aquí no tenemos a nadie —contesta Gómez Robledo, sosteniendo una linterna con la mano derecha. Y es entonces cuando agrega:

—El señor que está diciendo que lo tenemos aquí, por favor, cuál es. Ya van a verificar visualmente si se encuentra, pero esos son falsos testimonios.

La comunidad —se ve en las imágenes— insiste, se impacienta, se exaspera. Quieren continuar el camino para seguir las huellas de Dimar, si es que acaso ha dejado alguna en este día negro. En la noche los gatos son pardos, suelen decir en el campo. Y las sombras aquí son el mayor obstáculo. Palabras van y palabras vienen de lado y lado. Pareciera que algo está por suceder. De un momento a otro, un niño mira a la cámara del celular y dice, a manera de hipótesis:

—Lo mataron y lo enterraron.

Pero nada de eso está confirmado hasta ese momento. Para los campesinos resulta extraño que los dos militares estén botando chorros de sudor por encima del camuflado. Lo consideran un síntoma inequívoco de que algo no anda bien.

—¿Ustedes por qué están sudados? —dice una voz desde el fondo—.

—Quién no, con este alegato, ustedes acá encima de uno—responde el soldado que acompaña al cabo.

Y la discusión continúa.

—Uno hablando no suda—inquieren los campesinos.

—Aquí no tenemos a ninguno retenido. ¿Por qué lo vamos a tener aquí retenido? —se defienden los militares—.

—Y los tiros, ¿por qué fueron?

—Eso aquí en todos lados hacen disparos las tropas, señor.

—¿Y por qué sudan?

—Póngase una vaina de estas —dice el soldado señalándose el uniforme— y vaya y patrulle a ver si es que no suda. Si quieren pueden revisar todo lo que quieran.

La autoridad que intenta demostrar el cabo Gómez Robledo en medio de la selva espesa no es suficiente para contener a los campesinos que siguen de largo con sus linternas. Con cada minuto que pasa aumenta la angustia. Los dos militares aprovechan para desaparecer entre el monte.

Los amigos de Dimar continúan buscando entre la maleza hasta que se topan con el peor hallazgo posible. Al menos hasta ese momento. Es un enorme hueco en la tierra con la forma de una tumba. Hay palas enterradas y una olla con agua de panela. Parece una fosa con tierra fresca acabada de cavar. Dimar, sin embargo, no aparece. Una linterna apenas alcanza a captar una gorra militar y un chorro de sangre.

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El sueño perturbador

Tres días después, Alexandra Rodríguez soñó que Dimar aún estaba durmiendo a su lado como en tantas madrugadas. Cuando abrió los ojos incluso le pareció ver su silueta en la penumbra del amanecer.

Si Dimar estuviera ahí al lado entre las sábanas, como en ese sueño extraño, Alexandra le habría podido contar que eran ciertas las sospechas sobre el bebé que venía en camino. Le habría dicho, con una risa nerviosa atravesándole la cara, que las dos rayitas que habían aparecido en la primera prueba de embarazo no eran una equivocación. Dimar se fue sin haber tenido la certeza plena de que sería padre. Ella no le alcanzó a dar la noticia.

Hacia el mediodía de aquel 22 de abril, horas antes de que se escucharan los disparos en Carrizal, Alexandra y Dimar se dieron el último abrazo de sus días. Vivían en una casa de un solo cuarto sobre una planicie de la vereda Campo Alegre, en plena región del Catatumbo. Es un caserío humilde en el que habitan no más de 200 personas.

Alrededor, en 5,9 kilómetros cuadrados, se divisa un camino montañoso por el que se puede llegar al portentoso parque nacional Catatumbo, una zona fronteriza con Venezuela rica en agua. Por esas faldas es posible ver árboles como el caracolí o el indio desnudo, el sande, el hobo y las frutas de burro. La tierra es arcillosa.

Se despidieron. Ella tomó un bus hacia Convención, el pueblo más cercano al que los campesinos suelen ir para las diligencias más apremiantes. La idea de Alexandra era pasar por una farmacia y saber de una vez por todas si es que iba a ser madre. Estaba ansiosa por conocer los resultados. Se sentía enamorada de Dimar y quería conformar con él un hogar. Como a las 2:30 de la tarde, despejó las sospechas. La prueba de embarazo dio nuevamente positivo. Lo primero que hizo fue marcarle a Dimar. Pero la llamada se fue a buzón. No había señal. La última vez que Alexandra lo vio conectado fue a las 3 y 19 de la tarde.

Dimar no se había quedado en casa. Lo vieron comprando dos rulas que necesitaba para los trabajos de la parcela en una ferretería del corregimiento de Miraflores. Hasta allá había llegado en su motico Suzuki. Estaba vestido con una camiseta azul, jean, botas pantaneras, y llevaba colgado a la espalda el bolsito negro en el que siempre guardaba, según recuerda su hermana Yanet, un jarabe milagroso que le curaba los mareos que lo atacaban por el colesterol.

Pasadas las cinco de la tarde, Dimar emprendió camino de regreso a su casa por la única vía destapada que llega a Campo Alegre. Con Alexandra había quedado de verse al día siguiente. Era un trayecto de 40 minutos que finalmente nunca terminaría de recorrer. Y no es que a Dimar se lo hubiera tragado la trocha. En el camino, más exactamente en la vereda Carrizal, a 20 minutos de su destino final, Dimar fue abordado por el militar que le pidió la requisa.

La moto se detuvo justo entre un tercer y cuarto montículo de tierra. El detalle es importante porque indica que Dimar hizo caso a la orden del militar. Era el cabo Gómez Robledo a quien tenía en frente. El suboficial de 27 años y nacido en Bogotá, para ese momento llevaba seis años en la fuerza y estaba encargado como comandante de uno de los dos pelotones de la base Sinaí, distante varios metros de ese punto de la carretera. Son hombres que tienen por misión cuidar un pedazo de tubo del oleoducto Caño Limón Coveñas, una de las venas de petróleo más custodiadas de Colombia. La base suele ser escoltada por 40 soldados pertenecientes a la Fuerza de Tareas Especiales Vulcano, un conjunto de brigadas y batallones con más de 9.200 uniformados desplegados en toda la región del Catatumbo.

Un joven que venía detrás en otra moto —y a quien Gómez Robledo le permitió seguir su camino— vio la escena. O al menos una parte. El muchacho, según se lo relataría después a la Fiscalía, recuerda haber visto a Dimar estacionado en su moto, con cara de susto, mostrando la cédula. Gómez Robledo, un hombre atlético, ojos color miel y piel morena, empuñaba un fusil Galil y llevaba asegurados en su cintura, dentro de cartucheras, cuatro proveedores con balas calibre 5,56.

El joven que pasaba por ahí continuó su marcha sin mirar atrás. Dimar y el cabo Gómez Robledo se quedaron solos, con la tierra amarilla de la carretera como testigo. Luego hubo un silencio largo. Y después, a lo lejos, se escuchó el escándalo de los disparos. La noche cayó como una amenaza y un mal presagio sobre Carrizal.

Tres días después, Alexandra se despertó sobresaltada del sueño en el que vio a Dimar durmiendo a su lado. Se incorporó y abrazó a su hermana Yulianis como si fuera un niño que tiene miedo de seguir durmiendo.

—Soñé con Dimar. Estaba aquí conmigo en la cama —dijo—. Cuando el sol salió y se escucharon las once gallinas revoloteando afuera, Alexandra empacó una muda de ropa en un maletín y se fue. La casa que Dimar le construyó para sacarla a vivir se quedó vacía. Era una estructura en ladrillo de una sola habitación, tejas de zinc y una cocina enchapada en baldosa. “Una casita muy humilde, muy sencilla, ya se imaginarán”, así la recordaría Yanet, hermana de Dimar.

Él se había demorado dos años levantando la pequeña estructura con la ayuda de su suegro, don Dionergen Rodríguez Santiago. Había comprado poco a poco los materiales con los 620.000 pesos mensuales (menos de un salario mínimo) que le comenzaron a llegar cuando se acogió al proceso de paz como integrante de las Farc. La casita era la alegría con la que se levantaba todos los días, la esperanza después de la guerra.

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Las raíces

Dimar se crio y se hizo hombre en Campo Alegre. Era el quinto hijo de don Jorge Manuel Torres, ahora de 74 años; y de doña Olga Arévalo, de 68. La familia nunca salió de esta vereda en la que se subsiste con cultivos minoritarios de yuca, plátano, maíz, café y cacao. Los Torres se levantaron sin comodidades, como sus vecinos. El Estado –dicen- nunca se apareció por allá ni para construir el alcantarillado.

Desde finales de la década del setenta la zona comenzó a ser asolada por la guerra. Muchos recuerdan una toma de la guerrilla del ELN al municipio de Convención el 31 de enero de 1979. Luego llegaron las Farc, y más adelante los paramilitares, así como ocurrió en tantos rincones de Colombia.

“Durante esos primeros años, muchas personas sintieron proximidad y hasta les dieron alguna legitimidad a las guerrillas en sus pueblos y veredas. Eso se debió a que, sobre todo en las zonas rurales más apartadas, vivíamos en medio de la marginación y la pobreza”, dice un testimonio que está consignado en el informe ‘Catatumbo, memorias de vida y dignidad’, del Centro Nacional de Memoria Histórica.

Dimar nació con una malformación congénita conocida como pie equinovaro: tenía los pies torcidos hacia adentro. Los amigos se burlaban de él por la forma en que cojeaba. En su familia no saben decir exactamente en qué momento de su juventud decidió entrar como miliciano a la organización guerrillera. Cuando Yanet se enteró de que Dimar había sido capturado por pertenecer a las Farc, se dijo a sí misma: “¿guerrillero? Pero si ese no puede ni correr”.

Porque es que a Dimar lo capturaron el 11 de marzo de 2013, en el corregimiento de Cartagenita, de Convención. Estaba con una mujer y un hombre señalados de ser cabecillas de las Farc en el pueblo. Dimar estuvo cuatro años preso en el patio 14 del Complejo Carcelario de Cúcuta, a donde su familia nunca pudo ir a visitarlo.

Desde el televisor del penal, Dimar estuvo atento a las conversaciones entre el Gobierno y la guerrilla que tuvieron lugar en La Habana, Cuba, y fue testigo del día en que firmaron el acuerdo. Dimar quedó libre en julio de 2017 por amnistía de Iure, es decir, la que cobijó a los exguerrilleros condenados por delitos políticos como rebelión o asonada, y que no tenían cuentas pendientes con hechos graves que acontecieron en el conflicto.

Una vez salió de la cárcel, Dimar se ocupó de los viejos, era el que llevaba la comida todos los días a la casa. Su padre es un hombre bajito, de bigote blanco, y ojos alargados. Trabajó la tierra toda su vida y últimamente se ha venido quedando ciego.

—Usted sabe que la gente del campo se deteriora mucho. Tiene la vista totalmente perdida, él no ve—dice Yanet. Ella desde los 12 años se fue a vivir a Bucaramanga y solo en las vacaciones suele pegarse el viaje hasta Campo Alegre.

Pese a que Dimar se desmovilizó y rehizo su vida, los vientos de paz no llegaron a la vereda. En el Catatumbo, esa región de once municipios entre los que está Convención, Ábrego, El Carmen, El Tarra, Hacarí, La Playa, Ocaña, San Calixto, Sardinata, Teorama y Tibú, la guerra no se acabó con la desmovilización del frente 33 de las Farc, ese mismo al que llegó a pertenecer Dimar.

Una vez esa guerrilla firmó el acuerdo con el gobierno colombiano para dejar las armas y convertirse en partido político, otros grupos armados ilegales coparon los territorios. El Clan del Golfo, el ELN y una banda conocida como los Pelusos, continuaron sembrando terror en la región. En esta parte de la geografía colombiana se concentra el 16 por ciento de los cultivos de coca de todo el país. De ahí nace una jugosa ruta del narcotráfico.

En el Catatumbo las heridas del conflicto quedaron intactas. Los desmovilizados de las Farc que le apostaron al proceso de paz entraron a hacer parte de los civiles que por décadas han estado en medio de la guerra. Desde el año pasado, Naciones Unidas ha venido alertado sobre varios desplazamientos de campesinos y confinamientos como consecuencia de combates entre el ELN y Los Pelusos, sin contar el efecto de las labores de la fuerza pública por contenerlos. Los números sin contexto no lo son todo, pero sí un indicio: en 2018, en Norte de Santander se cometieron 225 homicidios, 88 por ciento de los cuales tuvieron lugar en el Catatumbo.

La incursión del Ejército durante tantos años de conflicto generó entre los pobladores del Catatumbo una desconfianza que hoy en día no se ha terminado de ir. La fuerza pública, representada por la Fuerza de Tarea Vulcano, ha hecho esfuerzos por mostrar que sus acciones no solo se enmarcan en el plano militar sino en el de la defensa de los derechos humanos. Pero hay una sombra que los persigue. La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) es el tribunal de justicia transicional creado luego del acuerdo. Asociaciones campesinas de la región, el año pasado llevaron hasta esa instancia informes sobre 158 ejecuciones extrajudiciales cometidas aparentemente por el Ejército entre 2005 y 2008 y cuyas víctimas eran civiles. Esta práctica perversa fue conocida en Colombia como falsos positivos. Consistía en que miembros de la fuerza pública asesinaban a civiles, luego los vestían como guerrilleros y los presentaban como bajas en combate. Con ello los soldados ganaban permisos, felicitaciones a las hojas de vida y condecoraciones.

Hay documentos conocidos por la Fiscalía que acreditan que Dimar estaba dedicado a la agricultura. Tenía casi aprobado el plante para poner a andar un proyecto productivo de gallinas ponedoras con el que pensaba asegurarle una vida a Alexandra y a sus papás.

Aquellos episodios de los falsos positivos del pasado llegaron a Campo Alegre como fantasmas la noche en que se supo que Dimar había sido abordado por un cabo del Ejército para una requisa. Por eso la tensión, la desconfianza, la zozobra.

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El ocultamiento

A las 7:30 de la noche del 22 de abril, luego de tanto buscar entre la maleza, las linternas de los campesinos alumbraron la materialización de la tragedia misma. Era Dimar. Era el cadáver de Dimar al descubierto. El hueco en la tierra en forma de tumba a pocos metros del cuerpo les hizo creer a los labriegos que los soldados tenían la intención de enterrarlo para desaparecer toda huella. Y tal vez no habían alcanzado. El sudor de los militares ahora cobraba sentido. En un video de celular quedó grabado el terrible momento del hallazgo. Los campesinos comenzaron a arremolinarse alrededor de Dimar, estaban estupefactos. Hubo lágrimas, gritos, indignación, rabia. Es difícil describirlo en palabras.

—Qué gurrupletas esos. Mirále la cabeza, Dios mío. ¡Mire lo que le hicieron! —dice uno de ellos mientras ve el cuerpo de Dimar. Al fondo se escucha el llanto de una mujer y de una niña que acaba de presenciar la escena.

—Le quitaron hasta la ropa, ¡triple hijueputas soldados! Mira eso, mira eso, Dios mío. ¡Paracos hijueputas!

La mujer, nerviosa y en shock, deja salir salir con dificultad una frase:

—¡Qué pecao! Ay, Dios mío.

Un compañero se le acerca y le dice:

—Vamos, vamos—. El hombre no quiere que ella siga siendo testigo de ese momento. Otros de los campesinos simplemente se quedan callados, perplejos. Los gritos y el llanto se mezclan. Los destellos intermitentes de las linternas dejan ver apenas fragmentos de lo que está pasando.

Es entonces cuando alguien del grupo saca un grito que parece salirle de las entrañas:

—¡Paracos hijueputas, paramilitares hijueputas! Para eso es que vienen a la zona, a matar al más pendejo que trabaja—dice. El llanto de la mujer se sigue escuchando. El de la niña también.

El hombre que está grabando en video la escena del crimen dice en voz baja:

—El soldado dejó un sombrero botado...

Un campesino de chamarra gris, barba y gorra, saca algo de calma de bien adentro y espeta a un compañero:

—Andá vos y avisá.

El cadáver de Dimar fue hallado boca abajo —los forenses un día después lo anotarían como posición decúbito abdominal—, al lado de un barranco. Aprisionándole las piernas quedó la moto; es como si se la hubieran puesto encima. Tenía la espalda descubierta, la camiseta estaba corrida hacia arriba casi a la altura de los hombros. El jean, sin correa, lo tenía abajo de las rodillas. En la espalda y los glúteos se notaban varias excoriaciones, lo que indicaría —según lo observó días más tarde un fiscal— que posiblemente fue arrastrado, por la espalda, sobre las piedras y la maleza. Este es un primer punto de partida para hablar de manipulación de la escena del crimen por parte de quien lo mató. Dimar tenía puesta una sola bota, la del pie derecho. Llevaba un reloj en la muñeca. Había mucha sangre.

La noche era muy imprecisa como para advertir qué partes del cuerpo fueron impactadas por las balas. Lo claro es que le dispararon en la cabeza. Eso sí era evidente. Al día siguiente se sabría exactamente que no fueron seis los balazos que retumbaron por el cielo de Carrizal, sino cuatro. A Dimar lo mataron con cuatro disparos calibre 5,56, todos provenientes de un fusil Galil, de los mismos que cargaba Gómez Robledo terciado a la espalda.

El cuerpo de Dimar quedó en custodia de sus amigos, bajo una carpa azul que armaron improvisadamente. Durante la noche hicieron llamados desesperados para que llegara Naciones Unidas, Defensoría del Pueblo, Fiscalía. Solo hasta las 4:30 de la madrugada —es decir, diez horas después del asesinato de Dimar— el teniente que estaba a cargo del cabo Gómez Robledo dio aviso del hecho a sus superiores de la Fuerza de Tarea Vulcano. La noche pasó así, impune.

Apenas a la 1:45 de la tarde del día siguiente, es decir, del 23 de abril, quedó registrado el arribo de los criminalistas del CTI, que adelantaron la inspección técnica a cadáver. Para ese momento los videos que habían grabado los campesinos la noche anterior estaban ya en las redes sociales. Durante ese día las Fuerzas Militares no se pronunciaron. Hubo silencio.

El viernes 24 la noticia ya le había dado la vuelta al país. Los videos en los que se veía al cabo Gómez Robledo junto al soldado, más el hallazgo de la fosa y el cadáver, se seguían compartiendo con más fuerza en internet. Las imágenes eran crudas. Ese día en la mañana, el ministro de defensa, Guillermo Botero, dio las primeras declaraciones a la prensa. Todavía quedaban muchas preguntas en el aire sobre la participación del cabo Gómez Robledo y de otros soldados en el asesinato de Dimar. Varias fichas del rompecabezas no encajaban. Por ejemplo, ¿por qué cavaron una fosa? ¿Por qué le dispararon? O mejor aún, ¿por qué lo mataron? ¿Por qué el cuerpo de Dimar había aparecido en un lugar distinto de donde lo vieron por última vez? ¿Por qué cuando los campesinos llegaron el cabo Gómez Robledo negó que Dimar estuviera allí? ¿Qué hubiera pasado si los campesinos por cuenta propia no deciden ir a buscar a Dimar?

Emisora W Radio, 7:30 de la mañana del 24 de abril. Habían pasado casi 36 horas del asesinato de Dimar. El ministro Botero dio esta versión de lo ocurrido. El jefe máximo de la fuerza pública lo relató así:

—Este cabo afirma que se encontró con esta persona (se refiere a Dimar) y que esta persona trató de quitarle el fusil. Y que en la refriega que se dio en el intento de quitarle el fusil pues se produjo un disparo o varios disparos —uno o varios, dice— y esta persona terminó herida y posteriormente falleció. Inmediatamente se dio aviso, llegaron los compañeros y lo que se hizo fue proteger la escena del crimen, dar aviso de inmediato a la Fiscalía. Y se protegió el lugar. Este cabo alega haber actuado en legítima defensa frente al intento de haberle sustraído el fusil, razón por la cual la Fiscalía abocó el conocimiento. A esta persona no se le dictó orden de captura. Y están a la espera de recaudar mas pruebas a ver si existió la legítima defensa o no.

Inmediatamente, agregó:

—Esa es la situación real de lo que efectivamente ocurrió en el Catatumbo.

Un periodista le preguntó por la fosa que se veía en los videos y de la que hablaron los campesinos:

—De eso no tengo información, he oído por versiones de prensa esa argumentación, pero como le digo, está todo bajo el control de la Fiscalía.

Emisora Blu Radio, 9:30 de la mañana del 24 de abril, dos horas después de la entrevista en La W. Habían pasado casi 38 horas del asesinato de Dimar. Al ministro Botero le preguntaron si lo ocurrido con el desmovilizado era un crimen de Estado, a lo que contestó:

—No es ningún crimen de Estado. Ha podido ser eventualmente, y goza de presunción de inocencia, un crimen o un homicidio ejecutado por un miembro de la Fuerza Pública, pero él alega una legítima defensa.

El periodista Ricardo Ospina, de Blu Radio, le insistió en que los videos mostrarían una situación muy distinta. Y le preguntó la razón por la cual los soldados querían ocultar el cuerpo.

—Tan pronto los hechos ocurrieron lo que se hizo fue proteger el área para que el CTI recaudara todas las pruebas a que diera lugar, que no se moviera para nada el teatro de los acontecimientos y que la investigación pudiera ser lo suficientemente concluyente. Esa es la misión del Ejército.

El periodista le preguntó si tenía alguna hipótesis entonces:

—No, no, él baja (el cabo Gómez Robledo) a la cañada a buscar contacto con el pelotón, que estaba disperso cuidando el tubo. Trata de buscar contacto con sus compañeros y cuando baja por una cañada, él afirma que se lo encuentra (a Dimar) en un sitio despoblado y dice haber sido objeto de tratar de desprenderlo de su fusil de dotación. Y en la refriega que se produce entre los dos, el fusil se activa y esta persona muere. Esa es la versión que él ha entregado a la Fiscalía. El lugar fue protegido para la cadena de custodia. Estamos tratando de hacer claridad.

Le preguntaron entonces si el cabo les había explicado por qué tenia sin seguro el fusil. Y esto fue lo que contestó el ministro:

—Yo creo que cuando se está cuidando el oleoducto los soldados no deben de tener activado el seguro.

El periodista de Blu Radio insistió:

—Los videos son escabrosos, este exguerrillero recibe un disparo a contacto en la cabeza, ¿el forcejeo dio para que le disparara en la cabeza?

A lo que respondió:

—Es que las personas estaban forcejeando. Esa es la versión que él da. Y esa es la que le entrega al fiscal. El fiscal no ha tomado ninguna decisión sobre si lo deja en libertad o detención preventiva, tratará de establecer si lo que hubo fue legítima defensa, o si lo que ocurrió ha podido ser un homicidio culposo o en fin, ya lo manifestará la Fiscalía.

—¿Ustedes tienen dentro de la teoría que también pudo haber sido un homicidio doloso, ministro? —preguntó el periodista—.

—Nosotros no tenemos teoría ni mas faltaba, lo único que sabemos de acuerdo a la Constitución es que las personas gozan de presunción de inocencia.

—Se lo pregunto porque usted dice que hay dos teorías, o que fue un accidente, o que fue un homicidio culposo. Por eso se lo pregunto si el homicidio doloso puede estar dentro de las teorías del caso.

—Yo no veo por qué el dolo, no veo la intención de causar un homicidio en una persona que el cabo no conoce, que seguramente en su vida no había visto, no veo ahí por qué pueda ser doloso.

—Ministro, se lo pregunto porque así como este caso, más de 2.000 campesinos fueron asesinados por militares que no los conocían.

Y es entonces cuando el ministro contesta:

—No, pero perdóneme, esto no es el mismo caso, ni quisiera similar, esto es un hecho, un hecho fortuito lo califico yo, esto es una circunstancia totalmente diferente, donde lo primero que se hace es dar aviso a las autoridades competentes de manera inmediata.

El periodista volvió a preguntar:

—Pero es que cavaron la fosa para enterrar a ese hombre allá, eso quiere decir que querían ocultarlo, ministro —indagó el periodista.

En ese momento la llamada se cortó. Los oyentes se quedaron sin escuchar la respuesta.

Las mentiras

Lo que verdaderamente le pasó a Dimar comenzaría a conocerse a cuentagotas. Lo ocurrido era bien distinto, según lo pudo reconstruir un fiscal, a la versión oficial repetida por el ministro de Defensa en tantas entrevistas, esa que a su vez había sido proporcionada por el cabo Gómez Robledo.

La cuadra en la que se ubica el Palacio de Justicia de Ocaña, en Norte de Santander, estaba atestada de policías y agentes del CTI de la Fiscalía en la mañana del martes 30 de abril —ocho días después del crimen de Dimar—. Hacia las 9:15, de una patrulla bajaron escoltado al cabo Gómez Robledo. Estaba vestido con una camiseta roja y un pantalón negro. En los próximos minutos iba a ser imputado del delito de homicidio en persona protegida, es decir, el mismo tipo penal por el cual fueron juzgados cientos de militares que mataron civiles durante el conflicto en Colombia y que hicieron pasar como guerrilleros dados de baja en combate.

En la última banca del juzgado segundo municipal con funciones de control de garantías estaba sentado el papá de Dimar, don Jorge Manuel Torres. Llevaba una gorra negra, la mirada perdida, el semblante abatido. El viejo se veía opacado. La verdad no vino amortiguada con el tono que un padre sería capaz de soportar. Los hechos que relató el fiscal fueron descarnados.

Como lo habría de contar un testigo, Dimar fue abordado por el cabo Gómez Robledo cuando cruzaba por Carrizal. Venía de norte a sur. Con el pretexto de estar realizando una labor de inteligencia hizo detener la marcha del motociclista. Lo requisó, verificó en el bolso, le recriminó una supuesta pertenencia a la guerrilla del ELN. No encontró ningún arma. Lo único que Dimar llevaba sobre el tanque de la moto eran las dos rulas que había comprado para la parcela. El cabo esperó encontrarse solo en la carretera con Dimar y fue entonces cuando le disparó en cuatro oportunidades, a quemarropa.

Aquí es donde vienen los detalles que ayudan a despejar las preguntas que habían quedado en el aire, de acuerdo con las pruebas e indicios que acumuló el fiscal. Con el fin de ocultar su delito, el cabo Gómez Robledo arrastró el cuerpo de Dimar hasta la otra orilla de la carretera, manipulando abiertamente la escena del crimen. Lo arrojó a un matorral. El recorrido que hizo fue de 15,48 metros. Para culminar su obra, el cabo regresó al bordo de la vía, al lado de la cual hay un cerro de unos cuatro metros, y movió la motocicleta hasta donde había dejado el cuerpo sin vida de Dimar, más exactamente en el costado occidental donde se puede apreciar una depresión topográfica con bastante vegetación. El cabo se camufló en los matorrales.

Según el protocolo de necropsia efectuado por Medicina Legal el 23 de abril a las 9:50 de la noche, Dimar recibió el primer disparo en la cara. En el dorso, un glúteo y la pierna izquierda se ubican los impactos de las otras tres balas. No hubo ninguna señal ni prueba que lograra sustentar la teoría del forcejeo o refriega entre Dimar y el cabo.

El 29 de abril, es decir, cuando ya había salido a la luz pública la necropsia, el ministro Botero dio otra entrevista a Caracol Radio. El periodista Darío Arizmendi le preguntó si no se había precipitado con las declaraciones que había dado cuatro días atrás. Esto fue lo que contestó:

—Este fue un hecho que revestía tal gravedad, que la opinión pública no hubiera podido resistir hasta el día de ayer que salió la necropsia para poder dar una información clara y contundente. Durante todos estos días cómo se hubiera movido el tema si ya de por sí se movió en las redes. En la medida en que ocurrieron los hechos, pues los fuimos narrando con la verdad y la ciencia del dicho de las personas que estaban involucradas y lo que ellos estaban afirmando frente a sus superiores y frente a la Fiscalía General de la Nación. Lo que el cabo Gómez afirmó frente a la Fiscalía es coincidente con lo que él informó a sus superiores, es decir son dos versiones que coinciden, es decir, él no cambió su versión.

El ministro remató la entrevista con una frase que fue duramente criticada: “Si hubo un homicidio ha tenido que haber alguna motivación, a menos que haya sido un acto de esos de intemperancia o alguna cosa, vaya uno a saber por qué”.

Sin embargo, distinto a lo que dijo el ministro, el juez segundo municipal de Ocaña determinó que el cabo Gómez Robledo sí cambio su versión en dos ocasiones. Los hechos que narró son diferentes en el primer interrogatorio respecto a la respectiva ampliación.

La primera vez que el cabo Gómez Robledo rindió declaración aseguró que él estaba lavando el porta fusil en una cañada cuando escuchó el sonido de una moto que se apagó. Y que, al cabo de quince segundos, vio a Dimar intentando llevarse el fusil, luego se lo cual se produjo la supuesta refriega. Sin embargo, la segunda vez que fue cuestionado bajo la gravedad del juramento, el cabo dijo que cuando estaba lavando el portafusil, volteó a mirar hacia atrás y que ahí se produjo una conversación tensa con Dimar y que después fue que se presentó el forcejeo. El cabo omitió siempre haber parado a Dimar en la carretera.

La versión del cabo también lleva otra inconsistencia. Le dijo a la Fiscalía que una vez se presentaron los hechos se los había informado al teniente al mando de la base y que este a su vez había avisado por radio a los superiores. Sin embargo, según lo pudo constatar la Fiscalía, el teniente solo llamó a sus jefes para trasmitir la novedad a las 4:30 de la madrugada del otro día. No es cierto, tampoco, que la negativa del cabo de dejar pasar a los campesinos en aquella noche del 22 de abril hubiese sido para asegurar la zona y proteger la cadena de custodia y el teatro de los acontecimientos. El cabo no les quería permitir el ingreso justamente para que no descubrieran el cadáver de Dimar ni la fosa que estaba cavando.

Dimar Torres Arévalo fue asesinado un día antes de que firmaran su proyecto para producir huevos en su parcela. Era la esperanza de un pedacito de paz en el Catatumbo. El de Dimar no ha sido el único caso. Desde noviembre de 2016, mes en que el Gobierno y las Farc firmaron los históricos acuerdos, 129 exguerrilleros han sido asesinados en Colombia, según la Unidad Especial de Investigación de la Fiscalía. Sin contar 36 episodios en los que han salido afectados familiares de excombatientes.

Entre esos últimos casos está el asesinato de Samuel David González, un bebé de siete meses de nacido, que recibió un disparo en una piernita tras un ataque armado en el que salieron heridos sus padres, Carlos González y Sandra Pushaina, ambos indígenas wayú. La familia había salido de un Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación —campamentos transitorios en los que viven algunos excombatientes antes de volver a la vida civil— para visitar a la abuela de Carlos en una vereda llamada Montelara, en La Guajira colombiana. Hasta allá los alcanzaron las balas el 13 de abril pasado.

El crimen de Dimar y el intento de ocultarlo, el asesinato de Samuel David y las balas que han matado a más de 280 líderes sociales en dos años, son un golpe a la moral de quienes han creído que es posible que en Colombia se pueda vivir algún día en paz. En aquella media hectárea que le habían prestado a Dimar para trabajar, no se cultivarán más los plátanos ni las yucas ni habrá quién esté pendiente de las gallinas ponedoras. Alexandra decidió irse por miedo, por no atormentarse. El hijo que este desmovilizado de las Farc nunca supo que vendría probablemente crezca lejos, con todo el vacío que ello implica. Y a la tierra, poblada ahora de recuerdos frescos, seguramente le nacerá la maleza.