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500 días para entender el cáncer y también llorarlo

En su libro 500 días, Ángela Escallón, directora ejecutiva de la Fundación Corona, cuenta cómo fue su lucha contra esta terrible enfermedad que finalmente le robó la vida el pasado 11 de febrero.


María López, vicepresidenta del Grupo SEMANA y amiga de Ángela Escallón, lee el primer capítulo del libro 500 días en el que la ex directora de la Fundación Corona narra el tiempo en que vivió con un tumor maligno que le terminó costando la vida.


líderes sociales en Colombia

Durante más de tres años, Ángela Escallón, directora ejecutiva de la Fundación Corona, luchó contra un cáncer de pulmón que finalmente le robó la vida el pasado 11 de febrero. Esta extraordinaria mujer dejó un libro titulado 500 días, que acompañó con dibujos del artista Luis Luna en el que habla sobre el miedo, la esperanza y la agobiante espera de quien padece esta aún incomprendida enfermedad. 500 días, es el tiempo que su tumor duró evolucionando silencioso sin que ella lo notara, según cálculos de su médico oncólogo. Sería la mitad del tiempo que ella duró luchando contra él. SEMANA publicará en cinco entregas este doloroso pero hermoso testimonio.


Capítulo 1:

“¿Cuánto tiempo son 500 días?”

¿Cuánto tiempo son quinientos días? ¿Por qué contamos la vida en semanas, meses, años, siglos? ¿Por qué no contamos la vida en días?

Cuando usamos los días suele ser porque nos referimos a unos que son pocos. Porque resultan valiosos o porque estamos de frente a un trámite. Un maravilloso viaje dura quince días, una recuperación cerca de ocho días, la emisión de una certificación que cambie las oportunidades de la vida, treinta días.

Los días, que uno a uno son la vida, se vuelven en cualquier momento el referente de la existencia, lo más cercano a lo único que tenemos. La llegada de una enfermedad, en este caso de un cáncer, los condiciona de tal manera que transforma por completo, no solo su dimensión, sino su naturaleza.

Cada día será único y diferente. Cada uno será en su medida, la realidad. Cada uno abarcará el todo y la nada. Se acabó el pasado, el futuro está condicionado. El día presente es lo que cobra sentido, porque todo lo demás se sale de lo predecible.

“Día a día”, la frase por excelencia.

Quinientos días fueron los que mi doctor calculó y nos soltó, a Rafael y a mí, en una frase que recuerdo sorda, casi bella y poética. Quinientos días era el tiempo que el doctor estimaba que la enfermedad llevaba evolucionando sin que yo lo supiera. Quinientos días… una cifra que se convirtió en la afirmación que me dejó abandonada justo en medio de los miles de días vividos y aquel número indescifrable de los que me quedan.

Estas palabras que hoy escribo surgen durante el tiempo transcurrido desde el momento en que la vida me embarcó a mí, a Rafael, a mi familia y a mis amigos, sin pedir permiso, en una travesía que anunciaba la muerte.

Hablo desde lo que siento en este recorrido. Desde el alma, que es el único lugar posible para compartir lo que se lleva dentro y se entrega a cada instante. Los días están hechos de instantes.

Considero que este viaje, por duro que parezca, vale la pena. Que las revelaciones que encuentro en algunos momentos son extraordinarias. Y que finalmente hoy puedo compartir lo vivido.

Hoy sé con certeza que soy lo vivido. Sé también que –como lo dijo Clarice Lispector- “la vida no tiene atajos”. Ambos aprendizajes me han llevado a descubrir lo valioso de tener el alma abierta y dispuesta a comprender las historias de otros, porque eso es no tomar atajos, eso es parte de lo que yo también he vivido.

Este recorrido es un regalo que me hago a mí misma y que comparto para que cada quien tome lo que le sirva o pueda necesitar y para que, acompañados de la belleza creada por Luis Luna, conservemos este libro –objeto como un recuerdo de los días, los que podamos y queramos contar.

Rorro Polo es mi nombre, el que adopté de mi alma viajera, curiosa, ávida de conocer y de aventurar. Un martes inicié el viaje al que pensé no estaba convocada.

Como boleto llegó un tiquete muy particular, un intenso dolor en mi costilla izquierda. Dolía a veces como si se me hubiera pegado con algo filudo, otras, como si tuviera clavado un cuchillo. No me hacía daño, pero me presionaba incesantemente.

El dolor, que al comienzo tan solo me produjo curiosidad, se transformó en preocupación cuando ya no pude dormir ni acomodarme. Pasaron ocho días -de esos que aún no se cuentan- en los que diversas teorías me llevaron a un recorrido hospitalario en el que encontré mi destino: el diagnóstico.

Resultó similar a un viaje en el que se va descubriendo la ruta, porque cuando se transita sin itinerarios, los recorridos pueden ser variados, muchas trochas, todas válidas. Son esos caminos en los que más que el recorrido, lo que nos importa es el punto de llegada.

En este viaje, el diagnóstico es el punto de llegada, porque sin él es imposible emprender una nueva ruta. Un diagnóstico acertado es la garantía de un tratamiento adecuado. Los resultados pueden ser variados, pero es el inicio de una entrega a la persona a quien se le confía la vida. Por eso considero que el diagnóstico es sagrado.

Como cuando se recorren caminos, comencé a transitar por los resultados de muchos exámenes. El comienzo llevó erróneamente a plantear un cálculo de riñón, luego vinieron otros exámenes especializados que fueron trazando la ruta: resonancias, gamagrafías, filtraciones moleculares, tacs y otras tantas maravillas de la tecnología que logran develar lo que sucede en el fondo de las entrañas, sin pasar por el menor dolor o la más leve incomodidad.

Este camino también tuvo algunas paradas perturbadoras, como beber medios de contraste que no son más que purgantes bien camuflados o recibir inyecciones espesas de yodo y radioactividad que intoxican el cuerpo de manera muy particular.

Pero los ángeles aparecieron pronto en mi camino. El primero, en forma de un gran amigo de mi marido. Ricardo Londoño, ortopedista, que con dulzura y profesionalismo encontró las primeras evidencias. Basado en ellas y con gran cuidado, nos fue guiando hacia lo incierto.

Sin embargo, esta fase del camino comenzó llena de angustia. Para transitarla tuve que lidiar con las noches, el mayor enemigo. En la oscuridad, la imaginación se desplaza dentro de la esperanza y la condición humana. Recorrí desde lo más siniestro hasta lo desconocido.

El tiempo se vuelve eterno porque la espera de resultados sabe amargo. El alma avisa que nada bueno viene, que la vida cambió y que, en minutos, los días se volverán tan valiosos como esquivos.

Cada nuevo resultado complementa y advierte. Llegan en elegantes sobres blancos. Bien cerrados, conteniendo una sentencia: la inevitable verdad.

El viaje comenzó, es lo único cierto. Sin el equipaje adecuado porque la salida no fue planeada. Sin tiquete de regreso porque de lo que se trata es de comprender la finitud de la existencia y la presencia de la muerte en cada uno de nuestros días. Lo único que necesitamos para morir es estar vivos. En cualquier momento. Como una extraña casualidad, nos damos cuenta de que nuestra mayor y única certeza, es negada sistemáticamente.

El boleto no incluye escalas, ni la posibilidad de retorno. Cada vez que quise huir, llegué inexorablemente a mi oncólogo, Andrés Felipe Cardona. Él, a quien la vida me asignó, es un ser humano que siento superior. Su sola elección profesional, que llena su cotidianidad con el dolor y sufrimiento de otros, lo pone para mí en un plano diferente. Su mirada seria y asertiva, su figura joven y poderosa, su atención a los detalles y su gran capacidad de escucha, me hacen los días más llevaderos.

Tres semanas después del primer examen nos conocimos. Sería el comienzo de una relación basada en la confianza y el respeto, sostenida por la fe y la entrega, alimentada por el afecto y la admiración, mediada por la capacidad de entender al otro. Pero, sobre todo, para mí, teñida por la certeza de que su conocimiento estaba a mi servicio. Yo tendría que encargarme del resto.

Diagnóstico: adenocarcinoma de pulmón. Qué ironía de la vida, nunca he fumado, trabajé por años en campañas anti tabaco y anti drogas, hago yoga, medito, nado… y la vida me entrega en paquete un cáncer de pulmón con tres perlas inesperadas: última etapa, grado 4, metástasis en el cerebro, en los huesos y alta prevalencia de tumores en los dos pulmones.

¿Es a mí a quien le hablan? Creo que así surgió mi primera reacción. ¿Cómo mi cuerpo no me avisó? Ni un síntoma, ni siquiera cansancio o pérdida de peso. No cambió de color mi piel ni me dolió la cabeza. ¿En qué momento esta realidad se apropió de mis días?

La llegada al primer puerto fue certera. La razón era concluyente, tengo una mutación genética asociada con este tipo de cáncer. El siguiente paso estaba trazado: terapia molecular dirigida, que ataca directamente la mutación. Volvemos a contar en dos meses, es decir, en sesenta días, debería mostrar su efectividad.

líderes sociales en Colombia

Ángela Escallón recibió un martes la noticia más angustiante de su vida: el diagnóstico de adenocarcinoma de pulmón. La gran ironía era que nunca había fumado y tenía hábitos saludables.

Vea todos los capítulos aquí

Capítulo 1

500 días para entender el cáncer y también llorarlo

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Capítulo 2

“Vamos ‘esperanza’, tenemos cita en el hospital”

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Capítulo 3

¿por qué me pasa esto a mí?

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Capítulo 4

Dios está conmigo

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Capítulo 5

Próximamente

El cáncer no perdona, pero veremos quien gana

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