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ESPECIAL RIO MAGDALENA

41 Los problemas que padece el río Magdalena son el resultado de los errores cometidos en el manejo del territorio desde la Conquista, cuando nuestros antepasados españoles se en-frentaron a una naturaleza desconocida de enorme complejidad. La fundación y el auge extraordinario de Bogotá han desempeñado un papel principal en los cambios sufridos por la cuenca y el río. La cuenca del Magdalena empezó a cambiar y a deteriorarse cuando Quesada hizo su expedición aguas arriba, probablemente ilusio-nado por la leyenda de El Dorado. El segundo gran cambio posiblemente ocurrió pocos años después con la minería de oro, el rápido descenso de la población indígena y la llegada de los primeros esclavos, que facilitaron la extracción y la operación de las embar-caciones que transportaban los bie-nes importados destinados a surtir las poblaciones coloniales que lentamente crecieron en la cuenca. La tercera gran transformación se inició en la década de 1940, cuando comenzó a crecer rápi-damente la población en Bogotá. Cuando las expediciones de Jiménez de Quesada, Belalcázar y Féderman encontraron en las altipla-nicies climas y paisajes semejantes a los europeos, fue relativamente fácil conseguir que los poderes coloniales autorizaran la fundación de Santa Fe y se instalara una audiencia como autori-dad de un ‘Nuevo Reyno’ en lo alto de las montañas, a cientos de kilómetros de ambos océanos, a decenas de jorna-das del río. Sin duda el impulso inicial lo dio el mito de El Dorado. Era tan fuerte la imagen de la balsa flotando en la laguna de Fúquene que las ilusiones de enriquecimiento persistieron a pesar de los numerosos fracasos de los expe-dicionarios que trataron de encontrar a los caciques que se cubrían de oro. Tal vez la relativa preeminencia de la cultura muisca sobre otras menos orga-nizadas, influyó también en las decisio-nes de la Corona, pero sin duda fueron definitivos los intereses personales de los beneméritos conquistadores que se convirtieron en encomenderos de miles de indios y se quedaron en la altiplani-cie. Ellos y sus herederos le dieron un alto valor a la bondad del clima bogo-tano, a la escasez de especies veneno-sas y a la posibilidad de establecer en la sabana cultivos y criaderos parecidos a los de España. A pesar de la belleza extraordi-naria y del valor comercial y militar de Cartagena, y de la fuerza cultural y minera de las familias establecidas en Popayán, fueron escasos y com-pletamente ineficaces los intentos que durante tres siglos se hicieron para dis-minuir el poder de esta ciudad. Tam-poco los otros grandes intereses regio-nales conformados en la República, los de Medellín y Cali, han disminuido esa concentración de poder, dinero y cono-cimiento a 2.600 metros sobre el nivel del mar. A finales de la Colonia, las plan-taciones de caña y las minas de oro estaban ablandando el dominio de los santafereños, pero la discusión inde-pendentista entre federalismo y cen-tralismo le proporcionó a la altiplanicie nuevas oportunidades de reafirmar sus tradiciones políticas y culturales. Las familias que habían liderado la Independencia en las regiones acudían prestas a aumentar el mando capitalino cuando veían la oportunidad de vivir con rentas estatales en ese paraíso sin alimañas. Al final de la década de 1950, la inversión internacional en la amplia-ción del acueducto de la capital coin-cidió con el aumento general de la población del país y con la intensifica-ción de los desplazamientos forzados por la violencia y la pobreza. Se inició así el proceso que hoy concentra, en lo alto de la ladera oriental del Mag-dalena, más de 8 millones de habitan-tes, el poder total centralizado, un alto porcentaje del producto nacional y las mejores universidades del país. Esa gigantesca concentración atrae enormes flujos de personas, capi-tales y mercancías que, a lo largo del valle del Magdalena, desde el norte y el sur han transformado el paisaje lo que ha ocasionado los problemas actuales de deforestación, erosión, derrum-bes, contaminación, disminución de la pesca, modificación del cauce y deseca-ción de las ciénagas que lo regulan. Ejemplos de lo anterior son la deforestación del Medio Magdalena, la contaminación ocasionada por las aguas usadas por pobladores y el desas-tre pesquero en la década de 1980. Es importante señalar la estre-cha relación entre estos procesos y el rápido aumento de la población y de la economía en la cuenca a partir de la década de 1930, cuando en Bogotá resi-día menos del 5 por ciento de la pobla-ción de país, que entonces era solo de 8 millones de habitantes. En menos de 100 años, Bogotá ya tiene el 25 por ciento de la población colombiana y produce un porcentaje mayor de la economía del país, lo que ha generado cambios importantes en la densidad poblacional, hoy una de las más altas del mundo, y en el uso de la tierra en toda la cuenca. Los bosques del Medio y Alto Magdalena casi han desaparecido debido al auge de los cultivos de arroz, a la ganadería y a la extracción de petróleo. El aumento en la demanda de carne de pescado, y la contaminación de la cuenca media debido a las aguas usadas por Bogotá, han sido causas principales de la desaparición de casi el 70 por ciento de poblaciones de peces. Como si fuera poco, la construcción de las represas de Betania y el Quimbo han creado nuevos problemas que el país todavía no resuelve. Hoy, el proceso de paz permite albergar esperanzas de transformacio-nes positivas en el río Magdalena, pero eso no será posible si no ocurren cam-bios significativos en las políticas de población y en los patrones de produc-ción y asentamiento en todo el territo-rio colombiano. POR Julio Carrizosa Umaña* * Ambientalista. Los cambios que trajo la navegación española del Magdalena dieron pie a un ‘Nuevo Reyno’ en lo alto de las montañas, a decenas de jornadas del río. RÍO ABAJO


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