Las FARC: 435 días sin disparos

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Las familias de las FARC
Así es la vida donde comenzó la guerra

Las familias de las FARC

Semana.com presenta la tercera entrega de una serie de reportajes que relatan qué ocurre donde más se sintió la guerra. Así es la vida en pareja y con hijos en el seno de la guerrilla.

Sentados a ambos lados de un salón, Isaías Trujillo y Erika Montero, miembros del Estado Mayor Central de las FARC, no se cruzan miradas. Aunque parezcan personas muy distintas, tienen en común más de cuatro décadas de vida guerrillera. Una hija y tres nietos que anhelan pronto volver a ver son el producto de una vida en pareja distanciada por los avatares de la guerra. Aunque en la voz de ambos hay un tono de nostalgia por la lejanía de la familia, no se asoma en ellos ningún gesto de arrepentimiento.

Erika no ve a su hija desde el año 2010. Isaías, en cambio, sí ha podido seguir sus pasos más de cerca. “A mis nietos los he visto solo en fotos. Como no mantenemos juntos, él sí ha tenido la oportunidad; yo no”, cuenta ella.  

Erika entregó a su hija de dos meses de nacida. “He compartido muy poco con ella. Ha habido persecución por parte del Estado. El miedo es que si lo visitan a uno de fuera lo primero que dicen es, ‘esa es la hija de fulano y fulana’. Con esa información,  facilitaríamos un bombazo o cualquier otro atentado”, dice Erika, encarando con rudeza las consecuencias de su elección de vida.

Su instinto protector puede más que querer ver su familia. “En una simple requisa les pueden meter en el bolso un posicionador. Todo eso se dio en algún momento. Ahora no se está presentando porque estamos en otra etapa. Era muy difícil estar compartiendo con la familia y los hijos”. Aunque los de ahora son otros tiempos, no ha sido suficiente para que Erika se acerque a conocer sus tres nietos. 

Esa desconfianza se vio alimentada en 2010 cuando las Fuerzas Armadas dieron de baja a Lucero, la compañera sentimental de Simón Trinidad. Según cuentan en las FARC, su pequeña hija habría sido el anzuelo de la Operación Fortaleza II, que fue lanzada en la ribera del río San Miguel, en Putumayo. Durante el bombardeo de las Fuerzas Armadas, el Ejército y la Policía también murió Sixto Antonio Cabaña Guillén, Domingo Biojó, un curtido jefe guerrillero, miembro del Estado Mayor del Bloque Sur, que había tendido uno de los puentes a una salida negociada al conflicto con Andrés Pastrana.

En ese paso fronterizo, durante la diligencia militar, fue que murió la mujer que asumió la conducción de Radio Resistencia -la emisora del Frente 48-, pareja de Trinidad, su pequeña hija y 26 guerrilleros más. 

Isaías conoció a Erika hace 38 años en las filas del bloque Efraín Guzmán, antes llamado José María Córdoba o Bloque Iván Ríos. Aquel mismo día entendió que quería pasar con ella la mayor parte de tiempo posible. Camuflados o de civil, eso ya dependía de los agites de la guerra.

“Ha sido muy bonito porque Isaías es muy él. Yo tengo mis propios puntos de vista. Nos separan muchas veces las tareas pero estamos ataditos de corazón y nos hemos mantenido”, relata un poco sonrojada quien ocupa uno de los cargos más altos que una mujer haya alcanzado en las FARC: miembro del Estado Mayor Central.

Ese rango es el que la tiene sentada allí y el que le está abriendo un espacio en la historia del fin del conflicto. Rodeada de más de 200 delegados de las FARC en la Décima Conferencia, ayuda a trazar el camino que seguirá la guerrilla más vieja del hemisferio, una vez entreguen hasta el último fusil. 

En medio de la profunda llanura del Yarí, entre el Caguán y la Macarena, una especie de isla incrustada en un mar de selva, Isaías y Erika levantan la mirada para hablar de lo más “delicado” de su historia, eso que aún les produce vértigo.

1.500 millones de recompensa llegaron a ofrecer las autoridades en el 2014 por Isaías o Luis Óscar Úsuga Restrepo, su nombre de pila. Un escurridizo jefe guerrillero que en repetidas ocasiones se escapó de los operativos que la Policía y el Ejército tenían planeados en su contra. La más reciente persecución ocurrió incluso tres meses antes de que el Gobierno anunciara su traslado a La Habana para sumarse a la delegación.

El apellido Úsuga ha alimentado alrededor de Isaías teorías que hablan de un vínculo suyo con el jefe del Clan del Golfo, Otoniel. Su defensa al inexistente lazo de sangre con Darío Antonio Úsuga, parece más simple de lo que se cree: “Tengo el mismo apellido de los Úsuga. Pero eso es como decir Restrepo. Usted es Restrepo, yo soy Úsuga Restrepo, y usted no hace parte de esto por tener el mismo apellido. No tengo ningún vínculo con ellos”. Esas fueron sus palabras para referirse a la alianza que le endilgan con la banda criminal que surgió tras la desmovilización paramilitar entre el 2003 y 2006.

Se fueron para no volver

En 1971, con 26 años, Isaías salió de su casa para nunca más volver. Desde entonces comenzó a cimentar las bases del movimiento guerrillero junto a Manuel Marulanda Vélez, que apenas llevaba seis años en el poder. 

Y fue entonces cuando comenzó su tránsito por las zonas montañosas de Chocó, Antioquia y Córdoba, donde operaban los frentes 5, 18, 34, 36, 57 y 58, que conforman el bloque Efraín Guzmán. El mismo que en noviembre del 2014 secuestró al general Rubén Darío Alzate.

“El compromiso de todos los guerrilleros es apoyar este proceso decididamente. Este fue el sueño de los camaradas Manuel Marulanda y Jacobo Arenas”, insiste, del mismo modo en que lo hacen centenares de farianos que transitan de aquí para allá luciendo camisetas estampadas con los rostros de los jefes guerrilleros muertos.

Los inicios de Erika en el movimiento guerrillero datan de 1978, año en el que salió huyendo de los vejámenes que según ella se multiplicaban con la imposición del Estatuto de Seguridad del presidente, Julio César Turbay Ayala.

La persecución que sufrieron los líderes de izquierda y los profundos odios que se acumularon contra los movimientos guerrilleros -especialmente después de que el M-19 robó las armas del Cantón Norte-, acentuó las denuncias por violación a los derechos humanos que hoy se siguen escuchando.

De acuerdo con el Instituto de estudios para el desarrollo y la paz (Indepaz), en el transcurso de este año han sido asesinados al menos 80 líderes sociales. La mayoría en el suroccidente colombiano, de los cuales 19 fueron en Cauca, ocho en Nariño, cinco en Valle, dos en Caquetá y dos en Huila. Razones como esas mantienen el fuego de su lucha vivo.

Con el ceño fruncido, Isaías hincha su voz y dice: “Desde que surgimos hemos corrido riesgos, siempre los vamos correr. No fueron poquitos los muertos de la Unión Patriótica y no son pocos los muertos en el movimiento guerrillero. Han caído camaradas muy valiosos y si la situación es de riesgo vamos a quedar muchos en el camino. Lo hacemos decididamente con la esperanza de conseguir una paz total”. 

Si bien en los estatutos y normas disciplinarias de las FARC  no se habla explícitamente de las relaciones sentimentales entre sus miembros, ser pareja entre comandantes es un tema que siempre se abordó con pinzas. No tanto ahora cuando está a la vuelta de la esquina el tránsito a la vida civil.

Es por eso que Isaías dice, “la relación de ella y mi persona está en segundo plano. Primero las tareas de la revolución y después lo nuestro”, responde tajantemente. Este hombre al que no se le asoma ni una cana por entre la gorra, desarma su semblante cada vez que le preguntan por esa familia que seguramente aguarda, esperanzada, su retiro de la clandestinidad.

“Es difícil. Todos sacrificamos cosas personales para poder responder por las tareas. Ahora hay muchas propuestas que apuntan a que en la dirección del nuevo partido haya una participación importante de mujeres”, agrega Erika con esa voz sutil y femenina que deja ver que en las FARC muchas cosas comenzaron a cambiar.

Como en casa

El mismo lugar que sirvió de refugio a Tirofijo y el Mono Jojoy durante décadas de confrontación armada, es ahora uno de los símbolos más representativoses de la paz. Las sabanas del Yarí, las mismas que sobrevivieron al avance de la selva amazónica y la crudeza del Plan Patriota sirvieron de escenario para la celebración de la última Conferencia Guerrillera donde ganó el Sí en el plebiscito interno de las FARC.

La guerrilla en pleno se volvió a reunir con su tropa. Timoleón Jiménez, Iván Márquez, Pastor Alape, Jesús Santrich, Erika Montero, Bertulfo Álvarez, Joaquín Gómez, Ricardo Téllez, Pablo Catatumbo y Carlos Antonio Lozada se sentaron a hablar, al sur de la Sierra de la Macarena, de nuevo con su tropa.

Una de las asistentes fue Mónica Suazo y su compañero sentimental. Ella lleva 21 años en la guerrilla y un par de años con Giovanni. A las FARC entró muy joven, “pero por decisión propia”, dice. Igual que otros de sus compañeros, las circunstancias trazaron su interés de vincularse a la insurgencia. “Vi muchas injusticia con las mujeres. Los hombres se las llevaban a convivir y las dejaban con dos o tres hijos. Las maltrataban, eso me indignaba”, dice esta mujer que ahora tiene 37, mientras mece sus zapatos en el suelo polvoriento.

La vida es otra desde que están en tregua. Ya no duerme donde la coja la noche, sino que ahora tiene tiempo para “engallar” su hogar. Sí, su cambuche.  Una cama doble parada en guadua, rodeada de un improvisado armario, un comedor y un modesto perchero. El lugar se ve mucho más acogedor que los demás. Es una isla rodeada por los cambuches que armaron los otros miembros del Bloque Oriental.

Todos los elementos que adornan el lugar son elaborados con madera finamente tallada que fue encajada en una de las tantas ruinas que quedó del despeje del Caguán, en las frustradas negociaciones del expresidente Andrés Pastrana.

Mónica lleva más de cinco meses sin disparar. Por eso, su arma reposa desde ese momento colgada en una estaca. “Nuestra opción es esta. Nos alzamos en armas porque nos cerraron una vía, la del diálogo y nos impusieron la guerra. Ahora como dice el camarada: ‘ni vencedores, ni vencidos’”, responde con entusiasmo, al tiempo que detalla su interés en las jornadas de estudio para entender lo que se pactó en cada uno de los seis puntos del acuerdo.

Hoy Mónica sueña con trabajar en el campo. Ya hace unos meses se le escapó la oportunidad de recuperar el tiempo perdido con su padre, pero aún conserva la ilusión de labrarse otro futuro. “Él murió hace poco. A lo último me dijo que quería que no desertara. Le daba muy duro que uno se viniera para acá por la imagen de la familia. Me decía que si ya había tomado la decisión de venirme tenía que aguantarme todo. Le dije que tranquilo, que yo sabía qué estaba haciendo. Lucho por todos, por el pueblo colombiano”. 

Lo que nunca vaticinó fue que de las propias FARC brotara el apoyo que ella necesitaba para cumplir con las exequias de su padre.  “El movimiento me ayudó para el entierro de él. Era un campesino. Soy de familia campesina (…) con los gastos, el ataúd”, repite muy agradecida.

La de Enrique no fue una elección. El hijo de Manuel Marulanda creció a su lado como su sombra. Contrario a lo que ocurrió hace décadas, hoy el tema de los hijos del Secretariado ya no es el secreto mejor guardado. Aunque por años el comandante en jefe intentó proteger a sus hijos con el mayor sigilo, no le quedó otro camino que llevárselos al campo de batalla.

“Si se van a quedar estudiando corren el riesgo de que los maten”, le advirtió su padre cuando apenas tenía nueve. “Si gustan vienen y me acompañan. No como guerrilleros, véanlo como forma de cuidarlos como refugiados”. La respuesta -un rotundo sí- llevaron a Enrique y a su hermano directo a la manigua.

Entre escuadrones, frentes y escuadrillas se abrieron paso seis años de infancia. Fueron años turbulentos. Crecer en medio de la guerra con las FARC como la primera escuela. Las clases de matemáticas se las impartían los mismos guerrilleros con los que compartían su día a día. Por eso quizá, no fue tan difícil cuando llegaron los 15 años. 

“Ya tienen la edad, ya pueden pertenecer al movimiento”, les dijo una mañana su padre. Ya estaban adentro. En aquel momento su deber era responder como cualquier miembro de la guerrilla pues no tenía ventajas ser el hijo de Marulanda. 

“Siempre hacíamos las actividades como cualquier otro guerrillero”,  recuerda. Allí creció y con esa primera imagen se quedó. Enrique no conoce más allá de los caminos que transitó junto a su padre. Incluso, lo más lejos que llegó fue a San Vicente del Caguán cuando el gobierno del presidente Andrés Pastrana escoltó a Marulanda.

Enrique cuenta que en tiempos del Plan Patriota y el Plan Colombia, Marulanda alguna vez dijo: “Esta etapa dura pasa y tendrá que venir un proceso de paz”. Y se lamenta de que “no esté aquí presente. Este era su sueño, el de toda la vida. Siempre dijo que la solución política era necesaria”. Poco cambió con la muerte de su padre en marzo del 2008.

“Se le hicieron honores. Unos sencillos. Los que permitieron el momento. Estábamos en el Plan Patriota entonces las cosas no era fáciles, no se podía ni alumbrar en los campamentos”, recuerda.

Esas prevenciones se han ido quedando en el camino. Desde que entró en vigencia el cese al fuego el 20 de julio del 2015, hace ya más de un año, las acciones ofensivas se han reducido a niveles mínimos no observados desde hace por lo menos 40 años.

Esa calma fue la que abrió la puerta para que los hombres y las mujeres de las FARC se interesaran por algo más allá que su seguridad en tiempos de guerra. “Hace unos meses vimos el partido del Atlético Nacional en Ecuador. Eso fue una alegría muy verraca”, recuerda Enrique como el más fiel de los hinchas.

Si verlo era difícil, jugarlo era estratégicamente imposible. Porque no eran 11 jugadores, sino 11 unidades desarmadas jugando en una gran extensión de tierra, a expensas de que los ubicaran en un bombardeo. Pero desde que paró la guerra es su pasatiempo, su modo de oxigenar los días mientras se resuelve la disolución definitiva de las FARC como grupo armado ilegal. 

*Texto de María Camila Restrepo. 

La vida cotidiana de las FARC en tiempos del cese al fuego

Fotos de León Darío Pelaez.

Así es la vida donde comenzó la guerra

Semana.com presenta la cuarta entrega de una serie de reportajes que relatan qué ocurre donde más se sentía la guerra. Así se vive en el frente 21 de las FARC, donde ‘Tirofijo’ se alzó en armas por primera vez.

Camila tenía 16 años recién cumplidos la primera vez que sus comandantes le colgaron a la espalda una arroba de peso con la que debió marchar durante un día entero. Estaban huyendo del Ejército. Aquel bulto enorme repleto de víveres era como un aguijón que le mordía la columna, que le hacía insufrible la existencia cada minuto que en la montaña aparecía una mayor inclinación, un filo más para arañar. Camila casi se muere esa vez. 

“Maldita sea la hora en la que me metí en esta vaina”, decía para sí misma, mientras arrastraba su cuerpo por una de esas trochas del municipio de Planadas, en Tolima, un nudo de montañas donde nació la guerra con las FARC hace 53 años. Porque fue en Marquetalia, vereda del corregimiento de Gaitania (de Planadas), donde Manuel Marulanda Vélez, ‘Tirofijo’; Luis Alberto Morantes, ‘Jacobo Arenas’, y 48 familias más tomaron las armas por primera vez para enfrentarse con el Estado.

En medio siglo de guerra que ha transcurrido entre esos cerros apretujados alrededor del río Atá, cada quien guarda en su memoria algún muerto difícil de sacar de la cabeza. José Yamith Garzón, el presidente de la junta de acción comunal, tiene muy presente el mes de mayo del 2014. Ese día, en la vereda explotó una vivienda con una niña de 3 años adentro. “Alguien estaba manipulando pólvora y la casa estalló. La muerte de esa niña nos marcó a todos. Pero no sólo ha sido eso, también los enfrentamientos entre el Ejército y la guerrilla durante años”, dice.

Camila tiene unos ojos cafés enormes y unos pómulos altos y enrojecidos tenuemente por el maquillaje. Ahora tiene 21 años. La caminata con un equipo de una arroba de peso fue apenas su inicio en la guerrilla. A cambio de ir al colegio, de dormir en su propia cama, de ir a una heladería para encontrarse con algún enamorado, durante cinco años cargó un fusil, durmió en un caucho tirado sobre la tierra pelada, se mojó en eternas noches de guardia y, en días como el de la marcha, recibió de almuerzo un pedazo de panela con queso. Y todo en compañía de su hermana Mónica, quien entró a la guerrilla aún más niña: de 13 años.

Camila, que entró a las FARC a los 16 años, ahora tiene la responsabilidad de tomar fotografías y hacer la prensa del Frente 21.

Vestida con jean y una blusita fucsia, como cualquier jovencita de su edad, Camila dice no arrepentirse de ninguno de los años que ha pasado en las filas de las FARC, aún con la cantidad de compañeros muertos que tuvo que dejar en el camino. En días del cese del fuego bilateral, dejó de cargar armas para ocuparse de una cámara Nikon D700. Las comunicaciones y la propaganda del Frente 21 son ahora su responsabilidad.

Pero la guerra no ha pasado en vano por la vida de Camila. Cuando uno le pregunta cómo se ve en cinco años, le cuesta trabajo poner en práctica ese sencillo ejercicio de soñar. Sólo sabe que se ve aportando a la causa de las FARC, no importa si como camarógrafa, reportera (dice que preferiría estar detrás de cámaras) o cualquier otra función que le asignen. No descartaría tener hijos o ir a la universidad, siempre y cuando siga estando inmersa en esa lucha revolucionaria que la despojó de parte de la infancia y la adolescencia. Así ahora no sea tan consciente de ello.

Los partidos de fútbol que no jugó el comandante ‘Maicol’

Pasada la guerra quedan las heridas. Y también lo que no se alcanzó a hacer por el ciclo de vida que se interrumpió. ‘Maicol’, uno de los comandantes del Frente 21, sólo conoció la escuela hasta quinto de primaria. A duras penas aprendió a leer y a escribir. A los 13 años (ahora tiene 28) ya estaba andando con un fusil al hombro. Entonces el fútbol, que era lo que más le gustaba, cayó al olvido. El comandante ‘Maicol’ dice que se metió a la guerrilla por la pobreza en la que andaba sumida su familia, esa con la que no se ve hace ocho años. Una vez se metió al monte, casi nunca más volvió a salir.

Este comandante nunca ha estado en una ciudad. Y tampoco es que le llame mucho la atención salir del campo para irse a meter en una vida que no entiende. Mientras se define la ley de amnistía que se tramitará en el Congreso, se pasa las mañanas leyendo los textos que se acordaron en La Habana. Así como Camila, ‘Maicol’ no sabe responder exactamente qué quisiera estudiar o cómo imagina su vida en cinco años. “Lo que nos digan los comandantes. No sé, de pronto estudiar para predicar la política que necesita este país, para que haya un nuevo desarrollo en el pueblo. Lo que sí le digo es que la guerra sólo deja desgracias como la muerte de mi hermano hace diez años”, dice.

El conflicto ha sido tan recio, que ‘Maicol’ se acostumbró a alejar los fantasmas de la nostalgia para épocas como la Navidad. “Quiero mucho a mi familia, pero a veces se pasa un año sin que los llame. Y yo sé que allá no voy a volver. Si con mi regreso se solucionara el problema de salud, de falta de vivienda, créame que yo me iría. Pero eso no va a pasar”. 

El comandante ‘Maicol’ dice que se metió a la guerrilla por la pobreza en la que andaba sumida su familia, esa con la que no se ve hace ocho años. Una vez se metió al monte, casi nunca más volvió a salir.

En el Frente 21, conformado por unos 350 hombres que se mueven por el occidente y el suroccidente de Tolima y parte del Valle del Cauca, discuten todos los días noticias. Pero sólo las que presentan en Telesur. Los demás canales no les generan confianza. Los domingos ‘Maicol’ se reúne con la guerrillerada para ver los partidos de James Rodríguez en el Real Madrid, un gusto infrecuente en los días de la guerra. Sólo dos años atrás, una luz encendida en un campamento o un ruido de más o alguna risa desaforada hubiese significado despertar el acecho del Ejército. La persecución o el bombardeo podían llegar a cualquier hora. Mientras transcurre el cese del fuego, las tardes son propicias para que hombres y mujeres se despojen de los camuflados para jugar microfútbol, en partidos en los que se oyen gritos de euforia por goles que nunca saldrían en televisión. Y es ahí cuando el comandante ‘Maicol’ se transforma en ese niño que no fue.

Hace cuatro navidades no ve a su hija guerrillera

San Miguel, una de las veredas de Gaitania, es un pueblito alargado cuya calle principal parece una culebra abrazando la cordillera central. Es un lugar de topografía intrincada, con montañas que alcanzan 1.800 metros sobre el nivel del mar. Son tierras propicias para el cultivo del mejor café del mundo –lo acreditan los premios que ha ganado el grano que sale de algunas de las fincas–, pero también fue el nido de un conflicto que produjo en todo el país más de ocho millones de víctimas. 

Adelaida Bermúdez Alarcón, una mujer que ha vivido más de 20 años en San Miguel, recuerda que muchas veces el Ejército se metió a su casa para disparar hacia el cerro de en frente. “En una ocasión instalaron aquí una ametralladora M60. Otra vez, nuestra casa quedó en medio de una balacera entre el Ejército y las FARC. Y yo estaba sola con mis hijas. No hicimos sino llorar”, dice.

María Adelaida Bermúdez tiene una hija en la guerrilla. Hace por lo menos cuatro navidades que no la ve. Su esposo y otra hija, que también pertenecían a la organización, murieron en combates.

Desde cuando comenzaron los diálogos de La Habana, en la zona cesó la violencia. A San Miguel ya se puede entrar sin tener que pedirle permiso a alguno de los bandos. “En otra época usted no nos habría podido ni saludar”, dice un policía que camina por las calles de Gaitania, el pueblo que en los últimos años se ha venido convirtiendo en la gran despensa de café tipo exportación. A pocas calles pasa caminando Héctor Julio López, ‘Pote’, un supuesto hijo ‘Tirofijo’ con secuelas de meningitis. ‘Pote’ se sienta en una tienda a tomar cerveza, mientras pasan soldados que ni se inmutan.

María Adelaida lleva nueve años lidiando con la tragedia de tener a una hija en la guerrilla. Hace unas cuatro navidades que Daniela*, como la llaman en la vida al margen de la ley, no viene a visitarla. A veces pasan seis meses sin llamar. Se fue el para el Frente 21 sin haber terminado el bachillerato. En todo este tiempo, los días de María Adelaida son más pesadilla que vigilia. La idea de que algún día le llegue la noticia de que Daniela murió o que salió herida le carcome los nervios. Porque ya lo ha padecido. Su esposo y otra hija, que también se habían enrolado en la guerrilla, murieron en combates con el Ejército. “Quedé sola con cinco muchachos”, dice desde una ventanita en la que despacha gaseosas a los visitantes.

Y es que en San Miguel el conflicto no sólo tiene raíces históricas. Los guerrilleros del Frente 21, todos campesinos, tienen arraigos familiares en las distintas veredas y corregimientos de Planadas. Y esa es la razón por la cual los civiles se quejan de haber sido perseguidos durante décadas por las Fuerzas Militares. A María Adelaida una vez la metieron a la cárcel acusada de venderle comida a los guerrilleros que por ahí pasaban.

La concejala de Planadas Leonoriel Villamil dice que quienes se oponen desde las ciudades a los acuerdos de paz con las FARC desconocen los muertos que ha puesto Gaitania en el conflicto. Cada familia de veredas como San Miguel tiene en su haber un fallecido o un accidentado por la guerra, directa o indirectamente. “Nos ha tocado recoger muchos muertos. A mí me mataron a un hijo el 27 de septiembre del 2015. También asesinaron a mi hermano. Las atrocidades aquí han sido de parte y parte, de bando y bando”, comenta.

En Planadas una tercera parte de la población ha sufrido el peso de la guerra. En todo el departamento de Tolima hay registradas 182.767 víctimas, según la Unidad para la Atención y Reparación Integral. Pero el caso de Planadas es dramático. De 29.935 habitantes, 10.022 han sufrido algún daño como consecuencia del conflicto: asesinato del algún familiar, desplazamiento, desapariciones, violaciones contra la integridad, heridos por minas, despojo de tierras, entre otros. Eso es nada menos que el 33 % de la población.

Pero en Gaitania el nacimiento de las FARC es algo más que un cuento que pasa de boca en boca entre los viejos. Jorge Ovidio Jiménez Taborda, de 72 años, estuvo como soldado en la operación Marquetalia el 14 de junio de 1964, cuando el Ejército se propuso retomar el control del territorio y arrasar con los guerrilleros comunistas liderados por ‘Tirofijo’. Pero para el soldado Jorge Ovidio, hoy con la memoria repleta, intacta, era una batalla contra guerrilleros conocidos de toda la vida. Le tocó combatir a los vecinos de la región, con los que antes de la guerra se solía saludar a la orilla de cualquier breña. Aunque para el Ejército eran enemigos y bandoleros, en la mente de Jorge Ovidio no eran más que los mismos hijos de campesinos que como él, el Estado algún día abandonó.

Jorge Ovidio Jiménez Taborda, de 77 años, estuvo como soldado en la Operación Marquetalia, en 1964. Recuerda que los combates eran en contra de sus mismos vecinos.

*Texto de José Guarnizo.

Los guerrilleros se preparan para una vida en la "civil"

Fotos de León Darío Pelaez.