¿Qué significa pasar la página del conflicto armado con las Farc?

Periodistas y políticos internacionales, premios nobel de paz y escritores colombianos explican la importancia que tienen para Colombia los acuerdos de paz con la guerrilla.

John Mulholland

Editor de ‘The Observer’ - The Guardian

¿La paz es mejor que la guerra? ¿La reconciliación es mejor que el castigo? ¿El perdón y el arrepentimiento pueden brindarles justicia a las víctimas? ¿Los paramilitares son peores que las Farc? ¿Los acuerdos entre el Ejército y los grupos de autodefensas son más justificables que el terror del narcotráfico? ¿El exterminio de la Unión Patriótica es peor que la masacre en El Nogal? ¿Las Farc podrán pedir alguna vez un perdón apropiado por el secuestro de 40.000 inocentes? ¿Alguno de los involucrados en este conflicto de medio siglo puede reclamar la superioridad moral?

La paz llega cuando la gente deja de señalar culpables y empieza a compartir la culpa. Colombia ha tenido muchos agentes de terror. Pero fueron las propias víctimas que asistieron a La Habana las que les pidieron a las partes en guerra que no se levantaran de la mesa hasta que alcanzaran un acuerdo. Un acto de conciliación extraordinario.

La paz implica llegar a los tejidos blandos enterrados y endurecidos por la guerra. Remplazando lo que ha quedado duro por humanidad. Yo sé por la experiencia de mi país (Irlanda) que romper la paz es más fácil que mantenerla. El acuerdo no es perfecto, pero ¿hay suficiente compromiso, justicia y respeto para apoyarlo?

¿Suficientes colombianos podrán olvidar la venganza, reconocer el dolor y escribir un nuevo capítulo con justicia económica, política y social? Colombia necesita una nueva guerra, una contra la inequidad, la pobreza y la discriminación. ¿Los viejos centros de poder estarán listos para abrazar una democracia que será aún más desafiante? ¿Estarán listos para una nueva lucha librada con palabras y no con armas?

Timochenko no es Mandela y las Farc no son la ANC, que tenía un gran apoyo popular. Colombia no va a celebrar la paz con fiestas en las calles. Pero la guerra tiene límites. Si no es ahora, ¿cuándo? Si no es este, ¿cuál?”.

John Carlin

Escritor y periodista británico, autor del libro ‘Invictus’

Es una oportunidad quizá irrepetible para acabar con un cruel, absurdo y jurásico conflicto por la vía racional de la paz y, al mismo tiempo, de transformar el país para el bien de todos. Si no agarran la oportunidad, si votan No en el plebiscito, los colombianos de hoy serán culpables de un acto de grotesca y grosera irresponsabilidad. Las futuras generaciones no se lo perdonarán. La historia no les absolverá”.

Jody Williams

Activista estadounidense contra el uso de minas antipersona y premio nobel de la paz.

Por una parte, entiendo el miedo porque el país está entrando en una etapa nueva. Pero por otra parte, como he dicho varias veces, no entiendo, porque ya conocen hasta los huesos lo que es vivir décadas de conflicto armado. Siempre pueden volver a la guerra, pero con el compromiso de cada una/o del pueblo colombiano de tomar un papel activo en construir la paz, pueden vivir un futuro diferente. Esa es una decisión de cada persona. Ya no es hora de quedarse sentado esperando a que ‘el otro’ vaya a construir la paz. Si decido no participar en el cambio, no tengo derecho de quejarme si las cosas no salen como quiero. No tengo derecho a echarles la culpa a los demás.

Además, no solamente es cuestión de lo que hacen los de las Farc. Hay que fijarse bien que las Farc han estado negociando paso a paso con el gobierno todos estos años. Y con eso, ya se han metido al fondo de la posibilidad de terminar por fin con la violencia y las armas como respuesta de todos los problemas de la economía, del racismo, del sexismo, etcétera. Si fuera colombiana, estaría más preocupada por las acciones de las fuerzas grandes en la sociedad –armadas y no– que no tienen nada de ganas de ver éxito en este proceso. No hay muchos ángeles en este baile para ganar el alma del futuro de Colombia. Es la población entera la que tiene la responsabilidad de guiar el país hacia un futuro de paz con justicia e igualdad”.

Rigoberta Menchú

Líder indígena guatemalteca y premio Nobel de la Paz

Yo creo que una guerra que ha durado muchas generaciones, 52 años, realmente se va haciendo como una práctica cotidiana, y me temo también que puede ir siendo cultura. La gente finalmente ha convivido y ya no se da cuenta de la dimensión, de lo que significa para la región, para los países vecinos y el resto del mundo lo que es mantener una guerra reciente. Creo que todos los países también han tenido una guerra. Entonces creo que es una sensibilización que hay que hacer, y esta es una buena oportunidad para decir que hay otra manera de vivir y hay otros males que permite la guerra. Nosotros en Guatemala nunca habríamos centrado nuestra lucha contra la corrupción si no hubiéramos terminado primero el conflicto armado. Cuando ya no había un pretexto, que era el conflicto armado, empezamos a visualizar quiénes son las mafias corporativas que estaban actuando conjuntamente con la corrupción, el crimen organizado y las mafias del Estado que usaban los recursos públicos, pero fue gracias a la finalización del conflicto armado que pudimos visualizar otras entidades que no estaban en la agenda de nadie a nivel nacional”.

Ricardo Silva Romero

Escritor colombiano

Significa despejar el terreno para darse cuenta, por fin, de que el gran problema de Colombia no son las Farc. Significa quitarse de encima la cortina de humo –y de sangre y de restos insepultos– que ha estado definiéndonos como país desde hace tantos años, que ha estado empobreciéndonos como interlocutores, que ha estado impidiéndonos que dediquemos nuestras energías a lo mínimo: la vida, la igualdad, la justicia social. Significa extirparnos la idea de que matar es posible: por qué no, si no ha habido nada qué perder ni ha habido nadie que lo impida. Quiere decir que tenemos una nueva oportunidad para desarmar a los extremistas, para exorcizarnos la justificación de la violencia ‘porque en esta selva capitalista –decían los fundamentalistas a lado y lado– no hay otra manera de abrirse camino’. Sin las Farc hay un fantasma menos, un culpable menos. Y, ya que se ha dado el acuerdo imposible, comienza a ser una realidad la sospecha de que Colombia no tiene por qué comerse el cuento de que lo suyo es el regodeo en el fracaso, la tragedia”.

Sebastián Lacunza

Editor en jefe del ‘Buenos Aires Herald’

No existen recetas universales para superar un conflicto armado, y menos todavía para el que asoló la vida de millones de colombianos durante medio siglo, único por varios aspectos: su extensión en tiempo y espacio, su mutación desde la irrupción del negocio del narcotráfico, el vínculo obsceno entre instituciones de la democracia y paramilitares, la crueldad infinita de la guerrilla contra desamparados y las masivas violaciones a los derechos humanos perpetradas por el Estado, hasta ayer nomás, incluido el gobierno del que el presidente Juan Manuel Santos fue ministro de Defensa.

En el escenario principal de la política de Colombia hay señores de la guerra para quienes la prolongación del ‘statu quo’ es un negocio, en dos planos. Uno político, porque azuzar un miedo con bases sólidas y agitar fantasmas permite cosechar votos, y otro económico, porque la doctrina de la mano dura abre puertas a vender consultorías y fomenta el gasto en armamento y equipamiento en América Latina.

Se requiere valentía y templanza para atreverse a mirar un pasado doloroso, con víctimas y perpetradores respirando el mismo aire, para dejar jirones de impunidad a un lado y a otro en pos del objetivo de la paz; y para plantar cara al acecho de los señores de la guerra, que no se rendirán. El camino será arduo. Los cómplices del terrorismo de Estado tampoco bajan los brazos en la Argentina, pese a que los tribunales siguen produciendo penas de prisión perpetua. Desde el Sur, mi deseo es que los colombianos construyan su propio Nunca Más”.

Jonathan Powell

Político británico y jefe negociador de Gran Bretaña durante el proceso de paz con Irlanda del Norte

El acuerdo firmado hoy en Cartagena es un faro de esperanza para el mundo entero. Cuando vemos por televisión el sufrimiento de los niños de Aleppo en Siria y de las niñas secuestradas por Boko Haram en Nigeria, algunas veces llegamos a la conclusión desesperada de que nunca será posible solucionar las guerras civiles complejas de forma pacífica.

Las víctimas de la guerra en Colombia durante los últimos cincuenta años seguramente sintieron la misma impotencia y estuvieron convencidas de que el conflicto, los secuestros y los asesinatos no se acabarían nunca. Pero el acuerdo de hoy demuestra que ningún conflicto, por más sangriento que sea, es eterno; solo hace falta que le encuentren una solución.

No es inevitable, sin embargo, que esos conflictos terminen. Eso solo sucede cuando nuestros líderes estén preparados para ser pacientes, son valientes para tomar riesgos políticos y, sobre todo, cuando están preparados para aprender de los errores que se cometieron en los anteriores intentos de hacer la paz.

El presidente Santos demostró esa valentía política para poner fin a la guerra con las Farc. Aguantó durante cinco años, tomo riesgos políticos pensando más en el bienestar del país que en proteger su propia popularidad y aprendió de los errores del Caguán y de los otros procesos de paz que se han hecho en el mundo. Él se merece todo el crédito político por lograrlo.

Ahora Colombia hace parte de una lista muy corta de países con procesos de paz exitosos, en la que están Irlanda del Norte y Suráfrica. Todos son un ejemplo para el resto del mundo de cómo acabar conflictos largos y complejos para empezar a construir un nuevo país”.

Juan Gabriel Vásquez

Escritor colombiano

El final de esta guerra no es solo el desarme de una guerrilla degradada: es la desactivación de medio siglo de violencias diversas, ciclos de retaliaciones que nunca terminan y una relación con el horror que nos ha deshumanizado a todos. Desactivar esta guerra es pasar las páginas insoportables del secuestro y las minas antipersonales, pero también del paramilitarismo y de los falsos positivos: todas las ramas pavorosas que le han crecido al árbol de la violencia. Somos un país enfermo, un caso masivo de estrés postraumático. El final de esta guerra es un primer paso hacia cierta forma de sanidad mental que ninguno de los vivos de Colombia puede describir, porque ninguno la recuerda.

Cerrar este conflicto es también sacar de la mesa el pretexto de la guerra, que le ha servido durante medio siglo a un país indolente y corrupto para incumplir sus obligaciones. Cerrar el conflicto obligará al Estado a que se haga presente en lugares innombrables, para que no los ocupen los violentos; obligará a los políticos a ofrecer soluciones reales, para que la gente no se deje seducir por los populismos. Cerrar el conflicto, en fin, es salvar vidas: quinientas, setecientas, mil vidas por año. No conviene olvidarnos de esa evidencia, pues los colombianos que nacimos en la guerra nos hemos pasado la vida así: preguntándonos cómo cortar con las inercias que alimentan y perpetúan la violencia. Lo que nos espera del otro lado de los acuerdos es esa posibilidad inédita”.

Piedad Bonnett

Escritora colombiana

Cerrar el episodio del conflicto armado con las Farc equivale a ponerle fin a uno de los mayores factores de violencia del país, que llenó de muerte y dolor las regiones y el campo colombianos. La paz equivale, de entrada, a salvar la vida de cientos de jóvenes colombianos –policías, soldados, guerrilleros– que de otra forma seguirían muriendo en la guerra, a recuperar a los niños campesinos que esta se tragó y a detener el desplazamiento de víctimas del conflicto. Solo por ese motivo se justifica la paz.

Que cientos de guerrilleros se reinserten en la vida civil y que las armas sean cambiadas por la opción política, es el logro de un esfuerzo enorme de diálogo y conciliación, que abre a los colombianos la opción de construir un país mejor, aun a sabiendas de que será un proceso largo y difícil. Acabar con el conflicto armado con las Farc, la guerrilla más antigua y numerosa de América Latina, y recuperar los territorios que durante años nos fueron escamoteados a los colombianos, nos permite pensar que los recursos de la guerra servirán para derrotar el narcotráfico, el paramilitarismo y la corrupción, y para combatir la pobreza y la inequidad mejorando la educación, la salud y la infraestructura de los colombianos más necesitados. Esa es, ahora, nuestra mayor esperanza”.