De sur a norte
Un periodista y un fotógrafo recorrieron 2.089 kilómetros en bus, desde Rumichaca, la frontera con Ecuador, hasta Paraguachón, en límites con Venezuela. Pasaron 14 departamentos y 75 municipios.
Por José Guarnizo*
Daniel Fuelagán Escobar, un agente de tránsito ipialeño que merodea los alrededores del Puente Internacional de Rumichaca, en la frontera con Ecuador, necesitaría de 15 manos y de 15 pitos para contener a una tropa de tractomulas que le piden paso. La escena es tan insólita que él mismo se ríe cuando le digo que se corra un poquito, que lo van a atropellar, que es preferible que arrollen a un periodista fisgón, a que derriben a la única autoridad colombiana designada para controlar el paso en la frontera.
Al lado de Daniel está un funcionario del Estado, que se frota las manos por el frío, y que dice que el sector de la carretera que custodia Colombia, es tal vez una de las fronteras del mundo con menos presencia institucional. Dice: “De esta parte, hay una carpa con Policía Aduanera, más un agente de Tránsito y un patrullero que hace turno de siete de la mañana a nueve de la noche, pero, ¿y en la madrugada qué? Si usted cruza a Ecuador puede ver allá un destacamento de Ejército completo las 24 horas del día”.
El bochorno es por lo que dicen se puede ver más allá del puente que cuelga sobre el río Guáitara: la Troncal de La Sierra, una autopista de cuatro carriles que hace ver a Ecuador como al pariente acaudalado y a Daniel Fuelegán como el reflejo de un país que se ha olvidado de su frontera.
Aquí no hablan de guerrilleros, pero sí de munición, dinamita y camuflados que transportan por trochas aledañas al corregimiento de La Victoria y también de que no hay quién cuente los vehículos que pasan la frontera, una línea por la que el año pasado entraron 162.002 personas.
Aquí, parados en este puente, bajo una lluvia melindrosa que no para y delante de un puñado de hombres enruanados que cuentan dólares para el cambio comienza una travesía de 2.087 kilómetros en bus hasta Paraguachón, en La Guajira, en límites con Venezuela. Es un viaje para el que hay que tener paciencia de hierro.
Es un viaje fatigoso. Hay que estar dispuesto a hacer cosas que uno siempre criticó, como devorarse un cuarto de pollo con la mano dentro de una buseta porque no hay tiempo y porque al hambre no le importa que los dedos se enjuaguen de un aceite que no sale con ese cuadrito de servilleta transparente que te dan en un estadero de Funes, Nariño.
Son las 5:50 de la mañana y estamos parqueados en la Terminal de Pasto. Habíamos llegado de Ipiales la tarde anterior. Desde las ventanillas de las empresas de transporte, se asoman cuatro o seis brazos que volean letreros y que ofrecen destinos como “Túquerres a 7.000 pesos”. Es como si fuera una competencia del que más agite el cartón, o del que más grite. La terminal dotó a los conductores de estas pancartas para evitar el perifoneo, pero aquí los pasajeros son oro y entonces no hay otra opción que alzar las voz para que los vean.
Compramos un tiquete hasta Cali, por el que pagamos 60.000 pesos, con la promesa de que nos llevarían en seis horas. Salimos a las 7:30 de la mañana. Es un bus pequeño de 13 pasajeros, conducido por John Alexánder Vega –gafa oscura, 39 años, dos hijos– un pastuso afable cuyo rostro está trazado por líneas que hacen recordar antepasados indígenas. Su vaticinio es que habrá un viaje tranquilo, solo hasta que se termine la carretera Panamericana, perfectamente pavimentada y acicalada en más de 80 kilómetros.
Pero otra cosa es después de Chachagüí, el municipio donde fue construido el aeropuerto más cercano a Pasto. Quienes allí aterrizan ven desplegarse ante sus ojos una pista puesta sobre un despeñadero que parece cortado con cuchilla. De ahí en adelante comienzan los huecos –o cráteres para ser más exactos–, al menos en un tramo que despide a Nariño y saluda al Cauca. Pero además de eso empieza una zona que para los conductores es como una suerte de Triángulo de las Bermudas. Me lo había advertido un celador pastuso la noche anterior.
Hace siete meses, en ese pedazo conocido como Remolinos, atracaron el bus de John Alexánder. Venía de Cali. Dos hombres que se habían registrado como pasajeros le pusieron una pistola en la cabeza y lo obligaron a bajar la velocidad. Y claro, la carretera estaba tan sola que los ladrones tuvieron tiempo de requisar a los pasajeros, bajarse con lo despojado y perderse entre el monte. Al pobre John Alexánder le quitaron 350.000 pesos, el celular y la billetera.
Las montañas se van difuminando y el Cauca gradualmente va entregando, por dosis, un sopor que se hace pegajoso. Hemos andado apenas 250 kilómetros cuando aparece algo con lo que no contábamos: los tiempos muertos. Cuando has escudriñado la vida del buen John Alexánder, al que poco le salen las palabras, y cuando ya no hay nada más que preguntar, llega la lucha contra el aburrimiento contemplativo. Y si se suma que al parar en un estadero de Patía, Cauca, de desayuno te ofrecen costillas de búfalo, el bus comienza a generar un efecto somnífero, tan poderoso, que las notas que tomo para este aparte de la crónica se quedan inconclusas.
A eso de las diez de la mañana, el bus pasa por Rosas, La Sierra y Timbío, una zona de la que los viajeros aún cuentan historias de asesinatos selectivos por parte de paramilitares, a comienzos de la pasada década. Hoy se aprecia una carretera pavimentada, pero estrecha para los dos carriles que tiene.
Más allá del medio día, Juan Pablo Gómez, el fotógrafo que me acompaña, resucita del silencio en el que venía. “Don John Alexánder, usted debería, no sé, digo yo, parar para podernos estirar. Vea que cinco minuticos no hacen ni rico ni pobre a nadie y nosotros tenemos el cuerpo entumecido”, dice apelando a la conmiseración. El conductor no puede hacerlo. Su compromiso es llevar al resto de pasajeros lo más pronto posible. Y es en esa última parte del primer trayecto –unos 20 minutos antes de llegar a Cali– que comenzamos a notar que las articulaciones de las piernas se resienten.
Llegamos a Cali a las 2:53 de la tarde, siete horas y 23 minutos después de haber salido de Pasto. En la terminal, una vieja estructura grisácea de tres plantas, se alojan 52 empresas de transporte y 85 locales. En temporada alta se mueven en promedio 1.059.490 pasajeros y, en días normales, 747.936. Nuestra aspiración es descansar para tomar un bus de Brasilia, que saldrá a las seis de la tarde y que llegará 24 horas después a Barranquilla. Un día entero de viaje por 150.000 pesos.
Se me ocurre entonces que como pasaríamos tantas horas dentro de un bus, sería humano probar un duchazo en los baños públicos. Juan Pablo lo duda. Dice que mejor me espera afuerita. Yo también había rumiado durante varios minutos la idea antes de decidirme, pero el calor me puede más que el pudor. Juan Pablo al final se anima.
Lydia María Landázuri, una morena de 48 años que se gana el salario mínimo por hacer la limpieza, entrega una toalla y el bañista, liberado de complejos y luego de pagar 4.700 pesos, ingresa a un cubículo de baldosas blancas y piso encementado; luego viene el chorro de agua que sale generoso del grifo.. Más que un baño es la resurrección de los errantes que viajan cansados.
Afuera de la oficina de Brasilia, alrededor de una banca de granito, hay una escena de la que pocos se percatan. Sobre una maleta está sentada una mujer que se presenta como Rosa Mercedes Ilbes, de 54 años. Al lado están sus tres hijas jóvenes y sus dos nietos: Visbel, de 6 añitos y Roberto, de 3. Los niños duermen sobre la banca. Rosa Mercedes dice que llegaron el día anterior de Riobamba, Ecuador, que le robaron el bolso, que no tiene ni para un pasaje, que las niños hoy solo han tomado agua y que apenas han recogido 20.000 pesos con los que han pagado las entradas al baño.
En la sobriedad de su hablar, Rosa Mercedes no deja espacio como para que uno crea que está mintiendo. Sin embargo, me cuentan unos policías, que en la teoría del robo la mujer se ha contradicho varias veces. “Son personas que se vienen sin dinero y esperan que la gente les subsidie el viaje”, señala un empleado de la terminal. Llevarlos hasta Aguachica, Cesar, donde Rosa Mercedes dice que vive una hermana, costaría 600.000 pesos.
Son las 6:15 de la tarde. Belmer Buitrago se presenta como “miembro de la tripulación” del bus Chevrolet LV-150, modelo 2012, de Brasilia, que será nuestra casa durante un día. La vida de un conductor como Belmer se parece mucho a la que aquellos marines que se van lejos de sus casas por temporadas, incluso en aquellas que como Navidad los puede sorprender en un hotel o en una carretera de Norte de Santander o de La Guajira.
Es un alivio saber que Belmer solo conducirá trayectos de seis horas. Cuando lleguemos a Ibagué este hombre de bigote y ademanes corteses, será relevado por Edinson Giovanny Peñarreta, quien a esta hora debe estar introduciendo su pequeño cuerpo en un camarote de un metro de ancho, por dos de largo, en el que lo espera una almohada, una colchoneta y un bombillo.
Belmer y Edinson llegaron aquí por motivos distintos. Mientras el primero hace años se partía el lomo 15 horas seguidas manejando un bus por las calles de Barranquilla; el segundo estudiaba para ser médico en la universidad. Sus historias se parecen y se unen solo porque en algún momento de sus vidas lo dejaron todo para enrolarse en estos barcos de cuatro ruedas que recorren el país de cabo a rabo.
El trayecto de Cali a Armenia, dice Belmer cuando cae la noche, es perfecto. Los retrasos comienzan en La Línea, un trayecto de solo 90 kilómetros en ascenso y descenso por la cordillera Central, estropeado por baches, falta de señalización y una fila de buses y tractomulas, que nunca se sabe si caminarán lento o apresurado.
En Armenia paramos solo a recoger pasajeros. Diez minutos le alcanzan a Juan Pablo para fumarse un cigarrillo, comerse una hamburguesa en tres mordiscos, tomar fotografías y cargar el celular. Mientras pasan las horas van desapareciendo los recatos, es lo que pienso cuando noto que me importa más alcanzar a comerme una empanada que lavarme las manos o los dientes.
De nuevo estamos en el bus y se escucha el rumor entre los pasajeros de que una morena vestida de shorts y blusa de tiras, no soportó las curvas y vomitó el baño. Le pregunto a Juan Pablo si sabe algo y me dice que se trata de una información sin confirmar. Pienso en la paciencia de santo que deben tener los conductores para sortear este tipo de improvistos.
A las 2:35 de la mañana el bus se detiene en Ibagué. Aún no sé cómo, estando completamente dormido, me bajo, hago la fila, compro un Gatorade y vuelvo a subir. Es posible que los meseros ya se hayan habituado a atender sonámbulos que como nosotros bajan de los buses cada noche.
Y amanece. Atrás quedó el Tolima, Caldas, un pedacito de Boyacá y toda aquella tierra que roza al río Magdalena. Comenzamos a pasar por Cimitarra, Puerto Parra, Simacota, un trozo de Barrancabermeja y Sabana de Torres. Son líneas rectas que parece que no tuvieran desenlace. En La Esperanza, Norte de Santander, unos niños, con camisetas del Deportes Tolima, saludan desde la parte de atrás de un camión que seguro los lleva gratis y bajo su propio riesgo.
Juan Pablo ha preguntado diez veces si ya casi vamos a parar. “Estoy tan cansado de estar sentado, que cuando llegue a un estadero, juro que almuerzo parado”, dice al borde del desespero. Sus ruegos no llegan a ningún cielo, porque justo a pocos kilómetros de llegar a San Martín, Cesar, donde Belmer tenía pensado detenerse, aparece un trancón que se prolongaría por una hora. Desde la ventanilla solo se ve maquinaria y obreros que trabajan en uno de los tramos de la Ruta del Sol, una imponente avenida de dos carriles en construcción que desde ya conecta al centro del país con la costa Atlántica.
Es tal vez el peor momento del viaje. Hambre, cansancio, ganas de fumar, una leve sensación de claustrofobia, sol de medio día y trancón, no son palabras que funcionen bien juntas. Apenas me doy cuenta que en el bus viaja una niña de rizos caoba. Se llama Isabela Monsalvo, tiene 3 añitos y está ahí porque va a conocer el mar. Ella y su madre Valentina, que vienen de Pasto, nos dan lecciones de aguante.
Tal vez al ver a Isabela sentada, tan llena de esa ilusión, sin quejarse, me lleva a desatender todo aquello que me preocupaba y dejo que mi mente se pierda en el televisor donde rueda una película que jamás hubiese visto de no estar en este momento y en este lugar: Mi gente linda, mi gente bella, de Dago García, cuyo gran mérito visual es proporcionarme dos horas de plácido sueño.
Pasado el trancón, pasada la comida, Belmer pone uno de sus DVD favoritos: los éxitos completos de Niche y Guayacán, temas que Ángelo Pérez, un muchacho caleño de piel tostada por el sol, comienza a tararear a viva voz. Y no está mal. No lo había pensado, pero la salsa compagina con el horizonte que ofrece Fundación, Aracataca, Ciénaga y Pueblonuevo, donde la basura, los niños descalzos y las casas de madera se asoman en el camino.
En este punto entiendo que más que esfuerzo físico, este viaje requiere de resistencia mental. Oscurece y ya no importa nada. Y deja de importar porque hemos hablado tanto con Belmer y con Edinson, hemos hablado tanto con los pasajeros, que al final siento que estamos hermanados por una misma causa. Son las 8:30 de la noche. Veintiséis horas y cinco minutos después de haber salido de Cali entramos en Barranquilla.
Y amanece de nuevo. Hemos dormido en un hotel, madrugado y tomado un nuevo bus que nos llevará en seis horas a Maicao, en La Guajira, a 343 kilómetros. Este es un trayecto distinto, más apacible. Será el mar, será la espesura de la Sierra Nevada de Santa Marta, será la carretera que parece trazada con regla, serán los 14 departamentos, los 75 municipios y los 29 peajes por los que hemos pasado, serán las rancherías que se ven en el camino, serán los wayúu, será la advertencia que el cuerpo de seguridad de Brasilia le hace vía celular al conductor (en el kilómetro 17 hay indígenas que atraviesan chivos para atracar), será el mar de Riohacha, será el comercio de Maicao que ya no es ni la sombra de lo que era en los años de la prosperidad, será el taxi destartalado que nos lleva hasta Paraguachón, en el límite con Venezuela, serán los colombianos que venden gasolina en pimpinas bajo un sol feroz, será la advertencia que nos hacen de que no tomemos fotografías al puesto venezolano, pues la Guardia Nacional intentará hacernos borrar las fotos. No sé que será. En verdad que no sé, lo digo con franqueza, pero la sensación de estar ahí parado luego de tantas horas de viaje me empuja a querer darle gracias a alguien –a Dios tal vez– por todo lo que he sido testigo, en un país que hasta hoy creía que conocía.