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Rolling Ruanas

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Foto: Cortesía Rolling Ruanas

El rock que sabe a papa, tierra y ruana

Este cuarteto de músicos formados en la academia le dio un nuevo aire a la carranga. Se trata de una de las grandes revelaciones de los últimos tiempos en el escenario local.

Fue un verdadero accidente, uno de esos episodios involuntarios que cambian el rumbo de la vida. En un ensayo, Jorge Mario Vinasco, un músico que había estudiado guitarra clásica en la Sergio Arboleda, dejó salir un acorde con el tiple que dejó boquiabiertos a sus compañeros. Ese día estaban preparando un repertorio de canciones de Jorge Velosa. Y sucedió que a Juan Diego Moreno –la voz y la guacharaca de aquel grupo que para ese momento carecía de nombre-, le pareció que el acorde que había acabado de tocar Jorge Mario era parecido al de A hard day's night de los Beatles.

Era una vena rockera colándose en la mitad de una canción popular de Boyacá. A los cuatro les dio mucha risa. Y fue cuando Fernando Cely, guitarrista formado en un conservatorio en Argentina, propuso que montaran la canción completa. Pero en carranga. A ver qué onda. Y la tocaron desprevenidamente.

Así, los Rolling Ruanas nacieron de la nada, brotaron de un accidente. Y ahí estuvieron Juan Diego, Fernando, Jorge Mario y Luis Guillermo González –guitarrista graduado en bajo eléctrico de la Universidad Distrital- dispuestos a seguirle la cuerda a esa locura que se presentó a la puerta como un huésped que no se anuncia, pero que llega a quedarse y a vivir para siempre.

¿Y, por qué estaban ensayando carranga? Por accidente. El requintista Fernando y su colega Juan Diego tenían el dueto Juan y Fer, en el que interpretaban música de tradición popular latinoamericana y folclórica: tango, bolero ranchero, bolero antillano. Por su parte, Jorge Marío, el tiplista, apareció después. Era compañero de Juan Diego de la universidad y ya había tocado con el dueto un par de veces en escenarios universitarios.

Fernando trabajaba en una agencia de Amanagement y booking musical cuando le preguntaron si no conocía a un grupo de carranga. “Jorge estaba muy acostumbrado a tocar música andina; Memo, el bajista, al jazz y al vallenato… le gustaba la época inicial del Binomio de Oro, y yo fui siempre muy rockero, siempre hubo Beatles en la casa”, dice Juan Diego. Aún así, la carranga los juntó al ofrecer la posibilidad de conseguir un trabajo y, entonces, vieron que las músicas que llevaban adentro no eran ajenas a Boyacá. Se trataba de lo mismo, de las raíces.

El arreglo definitivo de A hard day's night de los Beatles estuvo un tiempo en YouTube y no pasó nada extraordinario. Luego apareció la canción que les cambió la vida. Los cuatro se reunieron en la sala de una casa y tocaron I was made for loving you, de Kiss, sin abandonar la esencia carranguera. Ese era el chiste, precisamente. Y lo montaron en redes.

El resultado fue absolutamente sorprendente. La sensación que producía escuchar la canción –que al día siguiente se había compartido 5.000 veces y a la semana 1 millón de veces- resultaba extraña al principio. Pero era inevitable sentir lo especial de una canción que atrapaba dos tradiciones que quizá siempre coexistieron en las mentes de millones de jóvenes: la modernidad del rock y la sutileza de unos ritmos andinos que anidaron en los genes.

Así nació Los Rolling Ruanas, y sus covers de Toxicity de System of a Down; Crazy Little Thing Called Love, de Queen; Are you Gonna Go My Way, de Lenny Kravitz y monumentos del rock como Paint it black, de los Rolling Stones, comenzaron a volverse virales en internet.

Al mismo tiempo aparecieron las críticas de los rockeros puristas. Tal vez porque pocos sabían de la formación musical de los cuatro enruanados y de sus búsquedas. La fusión del rock y la carranga en canciones mundialmente conocidas era apenas parte de un camino que el grupo estaba tratando de discernir.

A esos mismos críticos les costaba entender en los Rolling Ruanas aquella premisa de la creación artística basada en el ‘Everything's a remix’ (‘todo es una remezcla’), esa realidad inobjetable –guardadas las proporciones- que indica que sin La Divina comedia de Dante, a lo mejor El Aleph de Borges no hubiese existido. O que sin las novelas de caballería, El Quijote nunca habría visto la luz, o que sin las desproporciones de los cuadros de Rousseau -El Aduanero- tal vez Botero jamás hubiese aumentado el volumen en sus retratos figurativos.

Costaba entender que el rock y la carranga podían habitar juntos. “Ciertas personas nos decían: ‘chinos pendejos, que solo hacen covers y no han hecho sino tirarse el rock con musiquita campesina’”, recuerda Juan Diego, la voz y el compositor de las primeras canciones originales de los Rolling.

El grupo le apostó a una vertiente folclórica que cuenta una parte importante de la historia patria. “Es demasiado patriótica: esa mezcla de los bailes europeos de salón que van derivando en músicas andinas… y que a la vez termina adaptando el colombiano en su identidad para narrar el mundo que lo rodea, ese mundo mucho más campesino”, continúa Juan Diego.

Porque los covers comenzaron a quedarse atrás. A medida en que crecía la fama de los Rolling Ruanas, surgieron letras como la de Dueña de mi historia, una bellísima composición que le habla a esos colombianos que se fueron del país llevándose un pedazo del campo a sus nuevas vidas.

Sueño el regreso de mi largo viaje
dispuesto entre recuerdos y equipaje
Y al alejarme de casa,
de mi lugar y mi raza,
caían los pedazos del camino tras de mi.
Con el anhelo de una nueva vida
crucé las puertas hacia la salida.
Me despidió la montaña
en una fría mañana
entre la espesa bruma del silencio me perdí

La música, continúa Juan Diego, es un lenguaje universal de comunicación al que no se le puede codificar de ninguna manera. Los Rolling estaban narrando la historia oculta de una tradición que había sido relegada y hasta estigmatizada por siglos. “Por mas peludo o por más chamarra de cuero o por más vino Moscatel que tomes no puedes negar que quieres bailar una carranga. Que la llevas en la sangre, y que esa sangre te sabe a papa y a tierra. No puedes negar eso”, sentencia. La carranga necesitaba ser reivindicada. Y ellos estuvieron ahí para hacerlo realidad.

En 2017 a los Rolling Ruanas les comenzaron a creer. La balada del carranguero, el álbum que compilaba todas sus nuevas creaciones, apareció en el listado de los mejores 10 discos de Colombia según Noisey del portal Vice. Y la canción María Guadaña había llegado en mayo de ese mismo año al número uno del Top 100 de la Radio Nacional de Colombia.

En marzo, cuando lanzaron oficialmente La balada del Carranguero, el Teatro Julio Mario Santo Domingo abrió la boletería del primer piso, en medio de grandes dudas. Pero en dos días se vendieron todas las entradas que pusieron allí a disposición. En semana y media se agotaron todos los boletos. Y por preventa.

y Luego vino la presentación en Rock al Parque, que partió en dos la historia de los Rolling. Desde ese día, el mundo del rock comenzó a respetarlos. Unas 5.000 personas poguearon canciones absolutamente tradicionales y carrangueras. Porque no solo fue con Toxicity que los asistentes enloquecieron. Ese día la carranga, por paradójico que parezca, entró a ese mundo de culto que es el rock.

“Lo mas lindo fue encontrarnos a esos mismos rockeros que antes nos criticaban y que ahora ya nos saludaban con respeto y aprecio. Creo que valorando nuestra labor tres años después. Y viendo lo mucho que hemos podido cosechar y lo que estamos invirtiendo en energía, en trabajo, en nuestra empresa, en nuestro sello”, dice Juan Diego.

Aunque el camino del grupo apenas se está labrando, ya han vivido episodios increíbles y marcantes. Hace unos meses, en una presentación en Manizales, Mariana, una niña de unos 10 años, comenzó a llorar al ver tan de cerca a sus ídolos musicales. Para ellos no se trató de una niña más. Representó a una nueva generación que les abría un espacio, lejos de tanto mensaje banal y manipulador de la música comercial. La pequeña Mariana abrió una ventana, y se dio la oportunidad de ver y de masticar el mundo de una manera mucho más auténtica y sensible.

“Ese día nos pusimos a llorar en el escenario. No había necesidad de hablar”, dice Juan Diego.