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La tierra floreciente de los nasa

Lisinia Collazos es una de las líderes del primer resguardo que nació fruto de la reparación a comunidades víctimas de la violencia paramilitar. Su historia muestra la dignidad de una cultura ancestral que se negó a doblegarse ante la violencia y que con empeño reconstruyó su sociedad.

Una de las incursiones paramilitares más dolorosas en la historia de Colombia tuvo lugar en abril de 2001, en plena Semana Santa, en las montañas de El Naya, Cauca. Durante 4 días, 102 criminales liderados por Hébert Veloza, alias HH, llenaron de sangre y dolor a la región al asesinar a 24 personas, desaparecer a decenas y al desplazar a 3.800 campesinos, indígenas y afrodescendientes.

En ese grupo de desarraigados por la violencia estaba Lisinia Collazos, una humilde integrante de la etnia nasa. Ni su baja estatura, ni su voz dulce, pausada, y mucho menos su bondad logran opacar la tenacidad de una de las líderes de víctimas de la violencia más admiradas en Colombia. En silencio, Lisinia se convirtió en el faro de una comunidad que no tuvo tiempo de llorar a sus víctimas; que huyó despavorida ante la amenaza cruzada de guerrilla y paramilitares. En cuestión de horas y luego de una larga noche de terror, se convirtieron en desterrados, en siervos sin tierra, en una historia de dolor, en una estadística.

Allí radica la tenacidad de esta comunidad. Pese a las adversidades, ella, con el líder indígena Gerson Acosta, sacó a flote a su comunidad y luego de deambular por cambuches, coliseos y chozas de municipios como Caloto, Toribío, Tóez y Santander de Quilichao, logró constituir el primer resguardo indígena nasa que surgió como fruto de una tutela y hoy se consolida como uno de los modelos de reparación integral colectiva.

Así nació Kite Kiwe, que en lengua nasa traduce tierra floreciente, el primer resguardo conformado por comunidades indígenas víctimas de la violencia, ubicado en Timbío, un municipio caucano que curiosamente no tiene población aborigen en su territorio.

Timbío tiene vocación agrícola, especialmente de café, y su población no supera los 16.000 habitantes. Está ubicado al sur de Popayán y a tan solo 20 minutos en carro. Para llegar al resguardo Kite Kiwe hay que recorrer un trayecto de 5 kilómetros hacia una vereda conectada con barrios periféricos de la localidad. Es decir, la tierra floreciente donde la comunidad Nasa desplazada por la violencia echó raíces, está cerca de todo y en medio de todo.

En esas 280 hectáreas viven 149 familias; la mitad son los nasa desplazados por la masacre de El Naya y las restantes son de otras comunidades amparadas por el proceso de reparación integral que coordina la Unidad para las Víctimas.

En el resguardo Kite Kiwe florece la esperanza. Así lo expresó Lisinia, la misma mujer que hace 16 años vio la muerte vestida de camuflado; y al día siguiente tuvo que enfrentarse a la guerrilla que “con la intención de cobrar venganza, pretendía reclutar a nuestros hijos”.

Esas dos noches macabras permanecen nítidas en la memoria de Lisinia. De la primera solo recuerda los sonidos de los disparos y los gritos de quienes eran torturados y ejecutados por los paramilitares. Ella y sus tres hijos padecieron ese horror encerrados en una pieza del rancho de madera donde vivían. Y en la segunda noche, cuando apenas habían enterrado a su esposo, Audilio Rivera, ejecutado durante la incursión de las AUC, se enfrentó de nuevo a la muerte, pero esta vez era la guerrilla.

Lisinia no tuvo reparo en pararse frente al comandante subversivo para impedirle que se llevara a los 17 muchachos que sobrevivieron a la masacre. Eran hijos, sobrinos y amigos que aún lloraban a sus padres, hermanos y tíos asesinados. Cuando el jefe guerrillero amenazó con matarlos a todos si se oponían al reclutamiento de los menores, Lisinia respondió con la firmeza de un roble, “que comience por allá, y que yo sea la última”. En vista de semejante reto, el guerrillero no tuvo más opción que lanzar un ultimátum, “todos ustedes se van de aquí”.

Entonces empezó la otra tragedia de los nasa que esquivaron la muerte durante la masacre de El Naya. De ese primer día de desplazados, José William Rivera, uno de los hijos de Lisinia, recuerda que todos los jóvenes tuvieron que huir de la zona escondidos en las neveras y los armarios del trasteo “porque en las salidas habían paramilitares que seguían con sus retenes sangrientos”, relató el joven nasa.

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    Lisinia Collazos, líder indígena y una de las fundadoras del resguardo Kite Kiwe, sobreviró la masacre de El Naya y a las amenazas de la Guerrilla.

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    Lisinia y su familia, tratan de dejar atrás los recuerdos de la masacre de El Naya y su posterior desplazamiento.

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    El resguardo Kite Kiwe, queda a cinco kilómetros del casco urbano de Timbío, Cauca. Allí viven 149 familias, la mitad son los nasa desplazados por la masacre de El Naya y las restantes son de otras comunidades.

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    El resguardo cuenta con su propia escuela a la que asisten 88 niños de la comunidad nasa. Las clases se dictan en su lengua nativa para que la cultura y la tradición no se pierdan.

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    Janeth Mazuera, secretaria del resguardo, muestra con orgullo el café de origen que produce la comunidad y que se comercializa con el nombre de Kite Kiwe.

Mariela Cruz Yule, sobrina de Lisinia ofrece otro desgarrador testimonio. Ella tiene siete hijos, y el último nació justo a las semanas del destierro. “Aún recuerdo esas caminatas que hacíamos en medio de la selva y yo a punto de dar a luz”, expresó la mujer, que hoy vive en una de las viviendas del resguardo Kite Kiwe; allí reparte su tiempo entre costuras, capacitaciones en salud intercultural y diplomados sobre derechos humanos y paz.

Si bien es cierto que al resguardo le faltan muchas obras (acueductos, una cobertura total de energía y la construcción de más viviendas), también lo es que, gracias a la organización de esa comunidad y la ayuda que reciben de varias entidades públicas y organismos internacionales, el proyecto es todo un modelo de reparación integral colectiva.

Varias fuentes de entidades que contribuyen en ese proceso, tales como la Unidad para las Víctimas, la Alcaldía de Timbío, la Gobernación de Cauca; los Ministerios del Interior, Trabajo, TIC y Comercio; el ICBF, Sena, Incoder, Propaís y el PNUD, coincidieron en afirmar que el principal motor que impulsó el proyecto fue la misma comunidad, “con su disponibilidad y liderazgo”.

Edwin Guetio, actual gobernador del resguardo y consejero político de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (Acin), ratifica esa tesis. Para el dirigente nasa, Gerson Acosta sembró la semilla de ese cambio de mentalidad. Se trata del primer gobernador indígena que tuvo el resguardo Kite Kiwe desde 2006 cuando nació jurídicamente. “Su meta siempre fue construirnos un plan de vida y ese es el que estamos ejecutando”.

Lamentablemente, Acosta cayó asesinado el 19 de abril de este año, justo cuando culminaba una reunión con funcionarios de la Unidad para las Víctimas dentro del mismo resguardo. Aunque lo mató un indígena nasa capturado en flagrancia, hay quienes temen que el autor material “haya sido instrumentalizado por las mismas fuerzas oscuras que estarían detrás de las amenazas que Acosta recibió meses antes de su muerte”.

Lo cierto es que la semilla que Acosta y Lisinia sembraron en Kite Kiwe florece y da sus frutos. Una muestra de ello es que el resguardo cuenta con su propia escuela a la que asisten 88 niños de la comunidad nasa y otras de la región, “y se les enseña en su propia lengua”, explicó José Roosvelt Collazos, rector de la institución educativa.

En el resguardo también germinan los frutos de las cadenas productivas. De hecho, entre ayudas y aportes de todos las entidades que participan en el proceso de reparación integral colectiva, por ahora figuran 14 proyectos de toda índole que suman en promedio 400 millones de pesos.

Entre esos proyectos productivos sobresale el programa de cultivo y producción de café con el sello propio del resguardo: Kite Kiwe. Allí participan 56 familias que por ahora cosechan 3.000 toneladas del grano. También se destaca el proyecto Pro Mujer, que las dotó con varias máquinas de coser para que confeccionen ropa tanto para usarla como para venderla.

Más allá de los problemas que los nasas víctimas de la masacre de El Naya han padecido en los últimos 16 años, en algo coinciden la mayoría de las familias afectadas: si bien extrañan su antiguo hogar, no sueñan con retornar, sino por el contrario anhelan seguir luchando por su nueva Kite Kiwe.

La comunidad empezó el proceso de reparación colectiva con la Unidad para las víctimas el 13 de marzo de 2013, lo que llevó a que este año impulsara la Asociación Agroecológica de Guaduas (Agroecotur). Para reconciliarse no solo se necesita voluntad, sino promesa de futuro, que han encontrado en los programas de cultivos. “Ahora nosotros queremos que nos den impulso para sacar nuestros productos”, dice Marisol Sánchez, quien espera que en diciembre empiece la construcción de la caseta comunitaria y del proyecto de cacao y plátano, con el que podrán comercializar el fruto de su trabajo. “Después de la violencia solo nos ha quedado seguir adelante”.

“La gente se fue durante dos meses y algunos volvieron en agosto de ese mismo año porque empezaron a dudar de la certeza de las supuestas amenazas de las AUC. El caso es que cuando volvieron, entraron los paramilitares. Así asesinaron a Elvira Bolívar Moncada, una mujer de más de 70 años; a Arvey Herrera Restrepo, que era muy joven; y a Miguel Caro Bolívar. Después incendiaron todas las casas. Aquí la mayor destrucción de las viviendas las hicieron los paramilitares, ellos acabaron con puentes y casas. Después de eso la gente se fue del todo”.

Marisol Sánchez está de visita donde su tía Ana Gertrudis Sánchez Caro, que tiene 52 años y prefiere el silencio. Su hermano era Olimpo Sánchez y su esposo, Fabio Caro, era un fiel colaborador del ERG. Hubo años en los que les informaban todos los movimientos raros, las posiciones de los paramilitares, del Ejército. Ana Gertrudis cumplía tareas más básicas, les compraba ropa, mercado, les cosía medias.

“Cuando el ERG se iba a desmovilizar, mi hermano me dijo que me metiera en la desmovilización, que era mejor, pero a mí me daba pereza porque quedaba marcada, reseñada para siempre, pero al final acepté. Mi esposo y yo nos desmovilizamos ahí, pero imagínese que a los tres años completicos lo mataron, el 25 de mayo de 2011. Yo estaba en el Carmen de Atrato con mi hijo y me avisaron. Lo mató el frente 34 de las Farc”. Ese mismo día, las Farc asesinaron a Fabio Nelson Vélez, que había prestado servicio militar. A los dos los acusaron de ser informantes.

“Yo creí que esa paz que estábamos viviendo aquí se iba a acabar, pero no, aquí aprendimos a ser berracos”, dice Marisol Sánchez, y su primo Bander Yaved Caro Sánchez –33 años, una prótesis en la pierna derecha, una cola larga en el pelo, 11 años de cárcel– dirá que la comunidad aprendió a adaptarse, o que si no, vea su historia: después de la incursión paramilitar decidió entrar al ERG, tan solo con 13 años, y quedarse ahí hasta que cayó en una mina. Esperó 18 horas tirado en el monte, viendo cómo los gusanos aparecían en la carne quemada hasta que lo rescataron, después lo capturaron y fue a parar a Bellavista. “Estoy aquí hace un mes y me doy cuenta de que la paz volvió”.

Una muestra de que los campesinos han superado la violencia, el recuerdo amargo, va más allá de los cultivos y los proyectos productivos o de que tengan puente y les hayan abierto carretera de nuevo –una manera de apropiarse de la tierra–. La muestra más grande es que hablan de la violencia sin asomo de venganza, que hablan todos juntos, mientras se toman unas cervezas y juegan billar. Víctimas y victimarios continúan la vida, mientras olvidan el pasado.

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