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El diario de Ángela

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El diario de Ángela

Día 3: “¿Por qué me pasa esto a mí?”

En el tercer capítulo Ángela Escallón reflexiona sobre una pregunta que todo enfermo de cáncer se hace: ¿por qué me pasó a mí?
La respuesta a esa pregunta, se presentó de diversas maneras, a veces con esperanza, con experiencias reconfortantes y con resignación.


María López, vicepresidenta del Grupo SEMANA y amiga de Ángela Escallón, lee el tercer capítulo del libro '500 días' en el que la exdirectora de la Fundación Corona narra el tiempo en que vivió con un tumor maligno que le terminó costando la vida.


La tragedia cansa. Conclusión a la que llego mientras el tiempo pasa. Quedamos todos agotados. El enfermo de resistir y resistir a lo que sea necesario.

Los demás, cansados de la impotencia, rendidos ante el dolor, agotados de querer y no poder ayudar, secos de tanto llorar, angustiados de pensar en la propia muerte.

En medio del camino incierto me encontré con grandes revelaciones. Algunas en forma de respuesta a la pregunta: ¿Por qué me pasa esto a mi?

La respuesta a esa pregunta se presentó de diversas maneras. A veces como enseñanzas que la vida me tenía reservadas, para entender y, a la vez, para cuestionar muchos aspectos de la existencia. Otras, como experiencias reconfortantes. A veces, solo a veces, supe que la vida es así, un gran péndulo que nos lleva de un extremo al otro para recordarnos que pasamos por el mismo lugar una y otra vez.

También descubrí que solo si caminamos de la mano de los que amamos, no nos perdemos.

Una paradoja a la que me enfrenté, fue que mi mundo femenino quedó reducido a la resignación. Maquillarme, peinarme, teñirme el pelo, vestirme, acicalarme, fueron actos que salieron de mi rutina.

Enfrentar el mundo con otros referentes no es fácil, pero es posible. Existe una justificación que es la enfermedad misma, y ante ella, la sociedad, silenciosamente, se vuelve mas tolerante y permisiva.

Se produce un cambio estructural en cómo vemos el mundo, cómo nos perciben y cómo nos percibimos. Llegó el momento en que no me reconocía. No sabía quién era esa nueva mujer débil, cansada, meditabunda, silenciosa, y, principalmente, con otro espíritu.

Trato de entender y de aceptar que ya no soy la misma mujer, la hiperactiva, la vital, la alegre, la influyente... pero sigo siendo yo. Trato de no darle tinte de tragedia, ni tono lastimero. Trato de que los días sigan, a otro ritmo, a mi nuevo ritmo, dentro de la mayor cotidianidad. Pero todo pesa. Y entiendo que lo que más pesa es la propia aceptación.

Me he visto sentada en una playa, arropada con toallas porque no resistía el frío en el Caribe colombiano al mediodía. Me he visto en una fiesta, sentada mientras los otros bailaban porque el dolor no me dejaba mover. He sido espectadora, recluida en una cama, asomándome al abismo de la depresión, mi mayor temor en la vida. Estas situaciones hubieran sido impensables en otro momento, pero así fueron. Tuve que enfrentarme a mi nuevo yo. En silencio, porque hasta las quejas dejan de tener valor.

Le oí decir a un querido amigo, cuya mujer ha pasado por lo mismo, que el cáncer es en esencia un ladrón. Me rondan sus palabras porque efectivamente es así. Roba la tranquilidad, roba las ilusiones, roba los sueños, roba el deseo, roba la paciencia... te quita y te quita. Silencioso, sigiloso sin que ni siquiera llegue a ser un pensamiento consciente, está presente. Ni una gran pérdida genera ese gran vacío. Cuando buscas algo que quieres, simplemente no lo encuentras. Algo tan sencillo como manejar el tiempo, la forma como programamos y administramos los días, desaparece. Cualquier viaje depende de la fecha de la quimioterapia, cualquier reunión de trabajo depende de la energía matutina, cualquier programación futura queda sujeta a una confirmación incierta.

Por todo esto, anhelaba que, lo que era mío regresara, que el deseo fuera parte de los días y que los sueños no se confundieran entre la soledad y la tristeza.

Al oír a otros que andaban transitando por el mismo camino, encontré en ellos sensaciones muy similares a las de pérdida y cansancio que hacían parte de mis días. Para un profesor universitario que conocí, la quimio es "como si te vaciaran el alma". Para un compañero que ya partió, la quimio era una pedaleada muy dura, hasta que uno mismo decide y se baja de la bicicleta".

Me reconforta encontrarme con personas que llegan con manifestaciones sinceras de cariño y consideración. Notas, flores, chocolates, mensajes, orquídeas, tejidos, rosarios, cartas, fotos, plegarias. Infinitud de objetos y presencias que traen el mensaje de lo conmovidas que se sienten y su deseo de darme una palabra oportuna que alivie mi cuerpo y mi alma. Y lo logran.

Las personas cercanas de manera espontánea en torno a mi bienestar. Sentirme acompañada en la batalla me reconforta. Valoro doblemente la presencia de mis afectos siempre, que generalmente no es física sino espiritual, y por la fuerza que cada uno le impone a la marcha. Miradas certeras, que a veces dejan pasar dudas, abrazos largos y adheridos, conversaciones con preguntas incómodas, son parte de los momentos compartidos.

Mis jefes me cuidan como si fuera un miembro de su familia. Mis colegas de trabajo se constituyen en un solo frente dándome sobredosis de amor y creando una “cremallera" que me acoge y me protege.

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La cama para ella era un lugar seguro, una guarida, un refugio. También era el sitio para sumergirse en horas de lectura, una de sus grandes pasiones.

Mis amigas de la vida me rodean para que no quede ningún espacio vacío y para que el amor histórico me sostenga todos los días.

Mis hermanos y mi padre me abrazan y me protegen como su mas preciado tesoro, al cual nadie le podía hacer daño y al que aman sobre todo en la tierra.

Mi marido no me desampara literalmente ni un segundo. Donde estoy yo, él está. Cada segundo es una gota que alimenta las ganas de vivir.

El espíritu común es el deseo de que la sanación ocurriera. Ese es el único pensamiento, el máximo anhelo.

Lo que observaba en los demás, es que el impacto de mi enfermedad en ellos, resulta más que violento.

Generaba desconcierto, ansiedad, mutismo, hermetismo, dolor. Cada uno lo proceso a su manera y con sus propias cargas. Cada uno trato de vivirlo con la mayor generosidad, intentando que el dolor propio no impregnara la esperanza. No hay alternativa, hay que seguir la vida con el pensamiento fijo sobre el futuro del otro, pero haciéndose cargo del propio.

Llegaron a mi todo tipo de soluciones alternativas basadas en creencias, pseudo ciencia, simbolismos e investigaciones, desde una raíz del Amazonas envuelta en un pañuelo enviado por un sabio y anciano chamán, hasta algodón cargado de energía, piedras, lodo natural y hierbas de todas las clases para tomar en infusión. Lecturas sobre filosofía, ciencia, alimentación, testimonios de otros pacientes, de sobrevivientes, del mas allá. Medallas, oraciones a santos desconocidos, grupos y cadenas de oración, libros de beatos o santos, recorridos por la fe, acercamientos a otras formas de orar y de pedir solitaria o colectivamente.

Abundaron las sugerencias sobre cómo cambiar los hábitos diarios, cómo cambiar la esencia de los días con pequeños gestos que alivian el estrés, factor asociado innegablemente a este mal universal.

Tengo momentos en que no tengo fuerza ni para ser lo que siempre he sido. No es cuestión de querer, es que no puedo. Humanamente no encuentro las fuerzas, los motivos, las razones, las mejorías esperadas. He estado en el vacío, el gran hueco sin fin de las fuerzas extraviadas.

Algo que pude ver después de un tiempo, es lo cerca que estamos de la depresión. Entendí mi dolor porque lo había visto en mi madre. Resulta tentador tomar la decisión de acostarse en una cama y no volverse a parar. La cama es un lugar seguro, una guarida, un refugio. La cama lo exime a uno del agite terrenal. Uno se duerme, descansa, cierra los ojos cuando le hablan. Simplemente se queda ahí, quieto, y los días pasan y uno en ellos.

Y la lucha es fuerte. Cuánto esfuerzo necesito para ponerme en pie. Los días que físicamente no se puede, pasan. Pero en los otros, cocinar y almorzar en el comedor y decir yo puedo hacerlo es un esfuerzo. Así sea para quedarme todo el día en la casa, estar fuera de la cama es tal vez lo más crucial.

El tratamiento es tan largo e incierto, que el malestar asociado a los medicamentos no es fácil de diferenciar de la evolución de la enfermedad. Cada día el malestar sonríe y se instala.

Viví experiencias que pocas veces consideramos como posibles, porque nos sentimos inmortales. En medio de la confusión y cuando mi situación era muy crítica, acudimos a una especialista del duelo, Isa Fonnegra de Jaramillo. Ella nos condujo con sabiduría y tesón por el mundo del dolor, pero también por el mundo práctico de dejar listo lo que viene después de una partida: un testamento, unos documentos revisados y organizados, unos seguros al día.

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Ángela era una viajera incansable y le gustaba contar sus experiencias en otros países. Ese espíritu literario la llevó a escribir este libro en el que relata su último viaje con el cáncer.

Nos creemos invencibles y estos temas ni los consideramos, dejando muchos problemas para los que quedan. Hasta firmar en una notaría lo que consideramos un documento póstumo, y el derecho a morir dignamente se desmitifica y aprendemos que es parte de la vida misma y de la claridad de lo que implica estar vivos: morirnos.

Lo mas duro de este proceso, es evidenciar el dolor que produje en los demás. No exactamente en una relación de causa-efecto, pero si con consecuencias devastadoras. Difícil de llevar, difícil de entender, difícil de digerir, difícil de transmitir.

¿Cómo dar fuerza cuando no se tiene? ¿Cómo acompañar cuando no hay espacio? ¿Cómo asimilar los cambios que se instalan sin avisar, como sentir frío, tener mareo o dolor permanentes?

El imaginario respecto a que la enfermedad transforma a la gente a mi no me convence. En cambio, sí creo en lo que llamo el mensaje multiplicador de la enfermedad, que es mi forma de nombrar el impacto que espero cuestione al menos un poco a los demás sobre el valor de la vida.

Solo hay una manera de seguir adelante: amando.

Los sentimientos se convierten en ataduras a la existencia, anclas de vida, puentes de realidad.

Se podrán romper, pero la certeza de que los ojos de mi marido estarán mirándome y esperando a que los míos se abran, es tal vez el más simple pero poderoso motivo de vida.

El resto de sueños, anhelos, posesiones y retos dan vueltas sin encontrar su asidero. Están ahí, pero de alguna manera ya no son míos. Me los robaron.

Vea todos los capítulos aquí

Capítulo 1

500 días para entender el cáncer y también llorarlo

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Capítulo 2

“Vamos ‘esperanza’, tenemos cita en el hospital”

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Capítulo 3

¿por qué me pasa esto a mí?

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Capítulo 4

Dios está conmigo

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Capítulo 5

Próximamente

El cáncer no perdona, pero veremos quien gana

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